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Esta es la versión completa del libro “Arresto domiciliario” publicado en Kindle y Play libros en Julio del 2024. La versión ilustrada de este libro dejará de estar disponible en el mercado. Esta es la versión de solo texto completa y gratis en este blog.
Capítulo 1: Arresto
Esta vez su tío el fiscal no podría salvarla de la cárcel
Una cosa eran el vandalismo, disturbios, robo, fraude, alteración del orden público, circular a exceso de velocidad, circular sin licencia, estacionarse en lugares prohibidos, acoso, agresión, resistencia al arresto y una innumerable lista de delitos menores que se venían escribiendo en su historial desde los doce años. Pero ahora no podría salvarse como lo había estado haciendo. Es una gran ventaja tener una madre abogada, un tío fiscal y un suegro en la política, especialmente para una delincuente juvenil como Zaira, se sentía inmune, se sabía inmune, las leyes y las sanciones aplicaban para todos, menos para ella, sin embargo, lo que sucedió aquella madrugada cambio su status quo.
Iba saliendo de un antro, completamente alcoholizada y drogada, había tomado alcohol por litros y en un intento de bajarse la borrachera, había inhalado cocaína como si fueran de esos polvitos de azúcar de colores que comen los niños. Se subió a su auto, pese al intento de persuasión que hicieron sus compañeros de parranda para que no manejara, incluso ellos sabían que esto iba a terminar muy mal.
Aceleró con destino a casa de su novio, pues si llegaba a su propia casa en ese estado, sabía que se tendría que tragar un interminable sermón lleno de calumnias, llantos y chantajes por parte de sus madres. Intentó manejar despacio, pues incluso ella sabía que no se encontraba en condiciones para manejar, era de madrugada, no había demasiados autos por la carretera, manejó sin mayor incidente durante unos veinte minutos, ella sentía que estaba manejando con normalidad, aunque para cualquier persona que viera el auto por fuera, sabría que no mantenerse en un carril por más de tres segundos, tener los limpiaparabrisas encendidos cuando no había lluvia y tener prendida la direccional izquierda durante todo el trayecto, no eran una conducción normal.
Estaba a punto de llegar a casa de su novio, en menos de tres minutos se estacionaria afuera del edificio y podría subir por el elevador hasta el departamento, para culminar la épica noche de fiesta con una buena dosis de sexo juvenil, además que podría meterse alguna otra cosa divertida, cortesía de su novio, ya que su suministro de drogas se había terminado por completo esa noche.
Tomó la última curva antes de llegar a su destino y ahí se encontró con un camión estacionado, pese a que el camión tenía todas las luces encendidas, Zaira no alcanzo a darse cuenta de su presencia a tiempo y en un intento por esquivarlo dio un volantazo hacia el carril contrario y chocó de frente con otro vehículo, las bolsas de aire se activaron y la luz se le apagó por completo, se volvió a encender unas treinta horas después, en la sala del hospital.
Contusiones y heridas menores fue el diagnóstico del médico, sorprendentemente no había fracturas ni lesiones de gravedad, los sistemas de seguridad del auto funcionaron bastante bien, era lo mínimo que esperarías de un auto como ese, regalo de su enamorado novio. Escuchó que el médico le dijo a su madre que podría darla de alta esa misma tarde, lo cual la puso contenta, su ángel de la guarda siempre protegiéndola de cualquier peligro, seguramente en su vida anterior había sido alguna clase de misionera o monja, pues todo le salía siempre de maravilla. Después de hablar con el médico, su madre se acercó a su cama, ella esperaba ya el típico sermón de que su comportamiento no era el correcto y que recibiría un castigo, castigos que nunca se cumplían, puso sus ojos en blanco para escuchar a su preocupada madre con el guion que se sabía de memoria desde que era niña, pero esta vez, por fin se cumplió algo de lo que se había estado salvando durante mucho tiempo gracias a sus ángeles de la guarda, que esta vez no pudieron hacer mucho por ella.
– Te esperan en el ministerio público, vístete. – dijo la madre sin saber si poner una cara de compasión, decepción o cólera.
Oscurecía cuando salieron del hospital, se subió al auto con su madre mientras dos patrullas las escoltaban hasta el ministerio público, lo normal sería que se subiera a la patrulla, sin embargo, aun disfrutaba de las ventajas de tener familiares influyentes. Llegaron al edificio más gris y deprimente que había en esa zona, un montón de gente entrando y saliendo, la mayor diversidad de personas, ancianos, niños, jóvenes y adultos, algunos vestidos con trajes caros y otros con trajes baratos, ropa común o algunos apenas con un zapato y un pantalón del cual quedaban pocos vestigios de tela, gente recién bañada, peinada y perfumada y otros más como ella, con sangre y golpes por toda la cara, policías armados y vendedores ambulantes arrastrados a la fuerza por vender dulces en un semáforo, todo un popurrí que resume el lado de la sociedad que no solemos ver.
Se sentaron en una de las largas bancas de frio metal esperando a ser llamadas, dos horas después pasaron a un cuarto húmedo y mal iluminado, con un pequeño escritorio en el que estaban sentadas varias personas con trajes baratos y olor a café y cigarro. Todo se veía tan lento y lejano, parecía un sueño, a lo mejor su cerebro aún se encontraba un poco inflamado y no podía entender bien lo que estaba sucediendo. Ella no dijo nada durante las cuatro horas en las que estuvo encerrada en esa pequeña oficina, no era la primera vez que la arrestaban, pero si la primera que pasaba más de diez minutos detenida, siempre se había salido con la suya en cada una de las ocasiones en la que la policía la había arrestado o había intentado hacerlo, esta vez nada la pudo salvar, el incidente fue tan mediático que sus ángeles de la guarda no se podían arriesgar más por ella. Afortunadamente no había matado a nadie, gracias a los médicos y paramédicos que atendieron a las víctimas, pero si había dejado a dos personas con lesiones de gravedad y una de ellas había perdido una pierna.
Doce años de prisión fue la sentencia.
Al escuchar esto, Zaira se derrumbó, no había pisado la cárcel nunca, pero por el trabajo de su madre y su tío había escuchado muchas historias al respecto, violencia, abuso, violaciones, golpizas, hambre, trabajos forzados y un sin número de etcéteras que la aterraban, no pudo ni echarse a llorar, todo parecía como una realidad alterna de la que pronto despertaría.
Después de algunas negociaciones, tráfico de influencias y sobornos llegaron a un acuerdo: Medio millón de pesos de indemnización a las víctimas y un año de arresto domiciliario con opción a libertad condicional después del primer año si tenía un buen comportamiento.
Zaira aún seguía procesando lo que estaba pasando, sin duda un año encerrada en su casa sonaba como al premio mayor de la lotería comparado con doce años de prisión, sin embargo, no contaba con que, en algún punto de su premio mayor, desearía estar en la cárce.
De regreso a su casa se quedó dormida en el auto, sus madres estaban destrozadas, estuvieron a punto de perder a su hija en un accidente de auto y después, de verla en prisión durante doce años, todo en un mismo día, se recriminaban a ellas mismas el comportamiento antisocial de su hija, el cual lo había presentado desde los doce años y ellas por ser complacientes nunca la habían castigado o regañado de verdad, al principio culpaban de su comportamiento a los genes de sus padres biológicos, sin embargo desde hacía tiempo que se habían dado cuenta que la falta de atención, la complacencia y la falta de límites que habían ejercido desde la adolescencia sobre su hija, fue lo que las llevó a aquel escritorio durante cuatro horas.
Cualquier persona podría pensar que lo mejor que podían haber hecho es dejarla en la cárcel, que aprendiera a comportarse con un régimen de disciplina como el que se tiene ahí, sin embargo, lejos de readaptar o reformar a las personas, la cárcel las vuelve peores, es la escuela criminal perfecta, entras por hurto menor y egresas sabiendo a asesinar, traficar y extorsionar, aprendiendo de los mejores maestros; tus compañeros de celda.
Por eso aprovecharon sus influencias para que Zaira no pisara la cárcel, pero el tenerla en casa encerrada durante un año sería un infierno para ellas, una chica sin respeto a las normas y con desprecio a la autoridad las volvería locas, incluso se imaginaban las peores cosas que podrían suceder. No podrían solas con esto, necesitarían la ayuda de una vieja amiga, experta en casos difíciles.
Carmen y Lorena, las madres de Zaira conocieron a Abigail años atrás por asuntos del trabajo, Abigail era una psiquiatra y terapeuta con mucho éxito, pero con un perfil bajo, pues no siempre sus tratamientos eran vistos con buenos ojos, sin embargo, nadie podría negar jamás de sus resultados.
Las dos mujeres expusieron el caso de su hija, de todo el historial de delitos menores y del comportamiento antisocial de la chica, de cómo se había salvado de ir a prisión y que ahora estaría en arresto domiciliario, querían saber cómo controlarla, pues si se encontraba encerrada en su casa, ella tomaría el control y sería un año de tormento y tiranía para sus madres.
Abigail escucho atentamente, sin duda era uno de sus casos más difíciles, pero ningún caso es imposible, les dijo a las mujeres que estaría diseñando el programa de reformación y que en dos días les entregaría un documento con instrucciones claras de todo lo que debían hacer, y que esto se tenía que cumplir al pie de la letra o no daría resultado, las mujeres agradecieron su ayuda. Después de escuchar a grandes rasgos de que trataría el programa, tuvieron sus dudas, pero después de un par de horas, salieron convencidas de que era la única manera de obtener los resultados deseados y poder sobrellevar ese tormentoso año, y sobre todo, de tener una posibilidad para reformar a su hija.
Tres días después de su salida del hospital, Zaira se encontraba mucho mejor, la inflamación había bajado casi por completo y ya no tenía dolor. Ese día era la cita con su oficial de arresto domiciliario, le leerían sus derechos y obligaciones y le pondrían un brazalete en el tobillo, el cual mandaría una alerta si salía de su casa, si lo hacía, su condena cambiaria y tendría que pasar sus doce años en la cárcel, Zaira estaba confiada, no encontraba un mejor castigo que pasarse todo el día de vaga en la cama, con internet, en su teléfono, viendo series y películas y teniendo sexo con su novio, nada de escuela, nada de responsabilidades, solo un buen año sabático, dentro de su casa.
Por la tarde llegaron tres personas a su casa, su madre abrió la puerta y entraron a la habitación de Zaira, un técnico le colocó el brazalete y durante todo ese tiempo Zaira no paro de acosarlo con comentarios sexuales que lo sonrojaron e incomodaron como nunca había sentido, sin duda Zaira era una experta en la manipulación. El joven técnico tardó el doble de tiempo en colocar el brazalete debido a su nerviosismo, después de activar y probar el brazalete, la madre de Zaira le dio otro brazalete que le colocó en el otro tobillo. El oficial le explicó sus derechos y obligaciones, así como el funcionamiento del brazalete, la única área que estaba permitida era su casa, fuera de ahí tenía dos metros más de tolerancia en los que el dispositivo emitiría una alerta auditiva para avisarle que estaba fuera del límite, después de esos dos metros se enviaba una alerta a su oficial de arresto domiciliario quien iría a buscarla, estas faltas podrían llevarla a la cárcel o aumentar su condena. La única excepción serian las visitas al médico y al juzgado a las que iría para ser evaluada con un examen antidopaje y uno psiquiátrico, ya que también tenía prohibido consumir drogas y alcohol. Zaira escucho todo con los ojos en blanco, sin prestar atención a lo que le decían y con una actitud retadora, sin dejar de insultar a los policías y con el mismo acoso al joven técnico, le dijeron también que intentar romper el brazalete aumentaría dos años más a su condena y que incluso podrían reducir el área de libertad a solamente su cuarto si así lo consideraban. Zaira aparentaba desprecio e indiferencia a todo lo que escuchaba, sin embargo, por dentro estaba muy asustada.
Capítulo 2: Sentencia
Carmen y Lorena recibieron un documento con todas las indicaciones que Abigail les había mandado, ellas le habían pedido que fuera a encargarse de su hija como era la terapia normal, sin embargo, la terapeuta saldría del país durante algunos meses. Abigail les había hablado de la terapia a grandes rasgos y de algunos de sus casos de éxito, pero en el documento detallaban paso a paso todo lo que debía hacerse, se asustaron un poco con algunos de los castigos y uso de la fuerza, sin embargo, sabían que era la única opción, esa noche del accidente tuvo suerte, pero si seguía así, probablemente se mataría ella o mataría a alguien en algún momento, y no querían que llegara ese día.
“Los adolescentes y adultos jóvenes con comportamiento antisocial suelen ser un caso perdido, los llamados Centros de readaptación social nunca han readaptado a nadie. La persona que no se encamino desde la primera infancia es poco probable que pueda encaminarse en una edad avanzada como la adolescencia o la adultes temprana como suelen pretender muchos padres. Por eso la terapia que se describe a continuación suele obtener mejores resultados que las prisiones, pues llevamos al individuo a esa etapa de la vida, en donde se aprenden las actitudes y valores deseables para cualquier ciudadano.”
Este era el primer párrafo que se podía leer en el documento que recibieron de Abigail, leyeron el resto de páginas y escribieron una lista de compras, había que hacer ciertas remodelaciones a la casa y comprar algunos artículos que pensaron nunca más tener que comprar.
Zaira debería estar fuera de casa, por lo menos un día completo, para poder llevar a cabo la remodelación de su recamara y otros espacios de la casa , por eso las mujeres aguardaron dos días hasta que fuera la siguiente cita de Zaira en el médico. La chica seguía bastante adolorida por todos los golpes, y debido a las medicinas para el dolor solía estar en cama y dormida casi todo el tiempo, esto era un alivio para sus madres, pues Zaira solía ser insoportable casi todo el tiempo, y más cuando intentaban castigarla. El tercer día, Carmen llevó a su hija al médico desde temprano, minutos después de que salieron de casa, llegaron los trabajadores con todo el mobiliario, Lorena les dio entrada y todas las indicaciones, no había ni un minuto que perder, pues Zaira no estaría fuera de casa más tiempo del necesario.
La cita era hasta el mediodía, pero Carmen fingió haberse confundido para salir al hospital lo más temprano posible y dar más tiempo a Lorena para las remodelaciones. Al llegar al hospital, Zaira enfureció al enterarse que la cita era hasta dentro de dos horas y descargo una serie de insultos contra su madre, esta los ignoró como ya era costumbre, una hora después, Zaira quedo dormida en su asiento hasta que la enfermera las llamó.
En el consultorio le hicieron varios exámenes por lo que tuvieron que esperar algunas horas al resultado del laboratorio, Zaira estaba vuelta loca por tanta espera, pero Carmen agradecía su suerte, más tiempo fuera significaba más tiempo para que Lorena y los trabajadores terminaran con los preparativos.
En casa, Lorena estaba dando indicciones de dónde colocar cada cosa, la habitación de Zaira estaba siendo completamente transformada. Para empezar tiraron el muro que la separaba de la habitación contigua, era una habitación que estaba vacía, la habían planeado para huéspedes pero en realidad nunca la amueblaron, colocaron papel tapiz con motivos infantiles en ambas habitaciones, que ahora se habían convertido en una sola habitación enorme, colocaron una suave alfombra en todo el suelo, una cuna tamaño adulto, así como un mueble cambiador, una mecedora y un armario nuevo, sacaron su escritorio, computadora y televisión y remodelaron completamente su baño.
En la sala de estar pusieron un corral desmontable, cambiaron las cerraduras de todos los baños de la casa por chapas inteligentes que solo se abren con huella digital. En el jardín pusieron algunos juegos infantiles como resbaladilla, columpio y carrusel tamaño adulto, en la cocina una sillita alta de madera extra grande con correas reforzadas y seguros.
Después de una larga espera por fin les entregaron los resultados de laboratorio, todo estaba en orden, Zaira ya se sentía mucho mejor, el dolor muscular seguía, pero los analgésicos eran suficientes para aliviarla, aun no se acostumbraba a los brazaletes de los tobillos y a cada rato se los estaba moviendo, quería arrancárselos, pero la idea de ir a la cárcel si lo hacía, o que le aumentaran cinco años más el arresto domiciliario eran suficiente motivo para no hacerlo.
Salieron de la clínica y Zaira le dijo a su madre que tenía mucha hambre, en tono sarcástico preguntó si el arresto domiciliario también incluía matarla de hambre, la madre no contestó nada, no quería premiarla con comida rápida o comiendo en un restaurante, ciertamente ella no lo merecía, pero por otro lado esto le daba un buen pretexto para mantenerse fuera de casa un par de horas más, ella estaba en continua comunicación con su esposa, quien le decía que aún no estaba terminado el proyecto, que necesitarían otras tres horas para terminar y dejar todo limpio. Fingiendo molestia le dijo que irían a comer, pero solo porque ella también tenía hambre y no porque Zaira lo mereciera.
Al pasar por la ultima puerta de salida, un hombre iba entrando, empujando una silla de ruedas, en la que iba una chica, un poco más joven que Zaira, con la cabeza vendada y un brazo enyesado, se le quedaron mirando fijamente a Zaira -o por lo menos ella así lo percibió- y esto le hizo recordar a la chica a quien dejo discapacitada al estrellar su auto, esa chica probablemente ya no podría volver a caminar nunca más en su vida, y todo por culpa de ella, por sentirse invencible y no medir las consecuencias. Trato de quitar esos pensamientos de su cabeza, pero no lo logró del todo, esos pensamientos la seguían atormentando en el camino de regreso dentro del auto de su madre.
Llegaron al centro comercial, el lugar estaba lleno de gente, esto pareció molestar a la chica, pero la madre sabía que, entre más gente, más tiempo tardarían en salir de ahí. En lugar de ir a la zona de comida y comprar algo de comida rápida, prefirió entrar a un restaurante, de esos restaurantes comerciales en donde suelen ir a comer algunos oficinistas, en donde la comida es sosa, la carta es aburrida y, sobre todo, tardan u n montón en atenderte y llevarte la comida a la mesa, justo lo que Carmen estaba buscando.
La madre primero se pidió un café en lo que miraba la carta, todo esto con la intención de hacer tiempo. Después pidió sus alimentos y cuando llegaron y lo probó, le dijo al mesero que estaba algo salado, y pidió que se lo cambiaran, esto no era cierto, pero era excusa perfecta para tardar más tiempo.
En la casa, los trabajadores ya estaban terminado todas las remodelaciones, en un trabajo normal, esto podría haber tardado una semana fácilmente, pero contrataron el triple de personas que contratarían en una remodelación normal para que quedara en un solo día. Terminaron de limpiar y aspirar todo el polvo. Lorena estaba muy satisfecha con las remodelaciones y la rapidez con la que habían hecho todo, se retiraron las camionetas y el camión de mudanzas y unos minutos después, se escuchaba el auto de Carmen entrando a la cochera.
Después de la comida, Carmen había pasado a comprar algunas cosas al mismo centro comercial, también se detuvo en la gasolinera en donde hizo lo que nunca hacía, pidió que le revisaran las llantas y los niveles, incluso compro algún aditivo y aceite para el motor. Zaira empezó a sospechar que esto ya lo estaba haciendo su madre a propósito, pero no dijo nada, pues sabía que esta seria de sus pocas oportunidades de estar fuera de su casa, por lo menos durante los próximos doce meses, pues sin contar las visitas al juzgado -que iban a ser dentro de una patrulla- no iba a poder salir del perímetro de su casa, ni siquiera podría dar dos pasos más de la puerta de entrada.
Trató de mantener la calma durante todo el día, se distraía en su teléfono y mirando la calle, que no volvería a ver en mucho tiempo. Los pensamientos de remordimiento sobre las tres personas que dejó lesionadas en el accidente la seguían atormentando, más la de la chica en silla de ruedas, quien tendría una vida diferente por el resto de sus días, seria completamente dependiente de otros, no podría caminar ni subir escaleras, tampoco hacer deporte o incluso manejar un carro, tal vez, tampoco podría ir al baño por si sola, ya que alguna vez escucho que algunas personas con lesiones en la espalda que quedan con las piernas paraliticas, pierden también la capacidad de controlar los esfínteres.
Agradeció a la vida y a sus ángeles de la guarda que a ella no le haya pasado nada más que un par de golpes, también haberse librado de la cárcel y que, en retrospectiva, estar un año de vaga en su casa no era un mal castigo después de todo, había librado la muerte y lo que es aún mejor; había librado la prisión.
Salieron de la gasolinera que estaba a un par de cuadras de su casa, al entrar a la calle vieron a algunos camiones de mudanza y un par de camionetas con material de construcción que iban saliendo de su calle, Zaira pensó que algún vecino se había mudado, y es que en los últimos meses, mucha gente se estaba mudando de esa calle, y es que la zona se estaba encareciendo demasiado debido a la gentrificación, y algunos estaban optando por mudarse a zonas aledañas más económicas, a Zaira le encantaba su calle, las casa eran bonitas y había muchos extranjeros guapos, además tanta gente se había mudado en el último año, que la mayoría ya no la conocía, así que nadie conocía su pasado de escándalos.
Los vecinos solían decir que era una delincuente juvenil, que se drogaba y se alcoholizaba, que era promiscua y hablaban mal también de sus madres por permitirle todo eso. Pero la mayoría de esos vecinos ya se habían mudado, así que los nuevos no conocían tanto sobre su pasado, además la mayoría ya ni siquiera hablaban español y al ser extranjeros a Zaira le parecía que no eran tan entrometidos con la vida de los demás.
Entrando a la casa, Carmen recibió inmediatamente una llamada del oficial de arrestos, le preguntó que si ya no volverían a salir durante todo el día a lo cual Carmen confirmó. El brazalete derecho se encendió color verde y emitió unos pitidos. Zaira no sabía que significaba eso exactamente, pero supuso que otra vez estaba configurado para no dejarla salir de casa.
Al entrar percibió olor a solventes con limpiador, no le dio mucha importancia, pero al abrir la puerta de su habitación, quedo completamente confundida.
Capítulo 3: Prisión
Al entrar a la habitación, lo primero que pensó es que se había equivocado de casa, no tenía mucho sentido pues cuando entró, el primer piso era exactamente igual a su casa, además que ahí dentro, las había recibido Lorena, todo estaba bastante normal, pero la recamara que estaba viendo no correspondía para nada con lo alguna habitación en la que hubiera estado antes, y mucho menos dentro de su propia casa.
Dio un rápido vistazo a la habitación que era enorme, si su recamara ya era grande por si sola, ahora con la adición de la habitación contigua el espacio era mucho mayor, el papel tapiz era demasiado infantil y había una cuna enorme ahí dentro. Pensó que se trataba de algún tipo de broma de parte de sus madres, al dar la vuelta para exigir respuestas empezó un fuerte alegato.
-¿Me pueden explicar qué demonios significa esto? -gritó con el rostro hecho furia.
Ambas mujeres se mantuvieron de brazos cruzados sin responder nada.
-Respondan de una maldita vez, no sé a qué quieren jugar, pero yo no voy a jugar, devuelvan mis malditas cosas a su lugar si saben lo que les conviene.
Antes de terminar la frase, sintió como un calambre le recorría toda la pierna izquierda, desde el tobillo hasta la cintura, por poco pierde el equilibrio, se agachó por el dolor y cuando levantó la mirada vio como Lorena oprimía un botón en un pequeño dispositivo que tenía en la mano, el aparato no era más grande que un encendedor y tenía un par de botones en la superficie, la mujer volvió a oprimir el botón, Zaira volvió a sentir el calambre, se escuchó un leve zumbido al mismo tiempo que sentía como una corriente eléctrica que recorría su tobillo y terminaba en su nalga, esta vez no pudo mantener el equilibrio y cayó de lado en el suelo.
El dolor empezó a disminuir poco a poco, cuando pudo recuperar sus fuerzas se abalanzó en contra de su madre, intentando arrebatarle el dispositivo, el cual evidentemente era el causante de esas descargas eléctricas. Le agarró la mano que sostenía el control y empezó a forcejear, cuando de repente volvió a sentir otro calambre, este era mucho mayor a los dos anteriores, el sonido fue más fuerte, incluso sintió una ligera quemadura en su tobillo, la descarga la tiró de nuevo al suelo, cayendo de rodillas enfrente de sus madres.
Ambas mujeres la levantaron de las axilas y la arrastraron hasta el fondo de su habitación, en donde la dejaron sentada en un tapete sobre el suelo. Zaira las desde abajo, con ojos de odio, estaba analizando la situación, por un lado, no quería volver a sentir una descarga eléctrica en su pierna, pero por otro lado estaba furiosa, nunca había estado en una posición tan inferior, siempre podía imponer su voluntad contra sus madres, ya fuera con gritos, amenazas, insultos o chantajes, siempre le resultaba todo, pero esta vez las cosas habían cambiado.
Las dos mujeres salieron de la habitación sin voltear a ver a la joven, cerrando la puerta tras de ellas.
Zaira seguía bastante confundida, pero por lo menos ahora estaba segura de que esto no se trataba de una broma o un error, esas mujeres iban muy enserio. Se levantó del tapete con dificultad, la pierna no le dolía, pero se sentía muy débil. Como pudo, se puso de pie y fue cojeando hasta la puerta de la habitación, en donde solo para confirmar lo que ya sospechaba, intentó abrir la puerta, pero el picaporte estaba cerrado completamente, esa chapa era nueva, tenía una pequeña pantalla con números encendidos y un espacio circular como de cristal, era una chapa electrónica que solo podía abrirse con la clave o con huella digital. Enfureció.
Desde los quince años ella había aprendido a abrir puertas usando ganzúas, uno de sus amigos de la secundaria le había enseñado como hacerlo y ella se había comprado su propio juego de ganzúas por internet, era bastante buena de hecho, le tomó algunas semanas de práctica, pero no había puerta o candado que pudiera resistirse más de cinco minutos. Eso le había hecho muy popular entre su grupo de amigos, con quieres solía meterse a lugares cerrados para robar alcohol, vandalizar o simplemente para pasar el rato mientras tomaban y fumaban. Pero esa puerta no podía ser vencida con sus ganzúas.
Le dio un par de golpes a la puerta con su cabeza y después dio media vuelta, aun con la debilidad en la pierna empezó a explorar su nueva habitación. Lo primero que hizo fue ir a su nuevo armario, tenía dos altas puertas corredizas y varios cajones, también un espejo enorme de piso a techo y algunas puertas grandes en la parte superior. Intentó abrir las puertas corredizas, pero estas estaban completamente trabadas, por más fuerza que intentó hacer no había manera de abrirlas. Pasó con los cajones y sucedió exactamente lo mismo, lo curioso es que no había ningún tipo de cerradura, ningún espacio para meter una llave o algún botón o lector de huella digital. Probó con todas las puertas y cajones del armario, pero ninguno cedió.
Frustrada siguió caminando y llegó a la cuna. Esta era una cuna como la de un bebé, pero del tamaño de una cama matrimonial, las barreras eran bastante altas, llegaban casi hasta el techo, calculó que debían medir por lo menos 170 centímetros por encima del colchón, comparados con sus 155 cm de altura, eran barrotes bastante altos.
Miró entre los blancos barrotes y vio que las cobijas y almohadas tenían diseños infantiles, al mirar mejor vio que eran de su personaje favorito de cuando era niña, también las almohadas tenían fundas con el personaje e incluso había varios muñecos de peluche del mismo tema. Encima de la cuna había un pequeño colgante circular del que estaban suspendidas unas figuras de estrellas y lunas que seguramente daban vuelta al sonar una melodía.
Pasó su mano entre los barrotes y tocó la colcha de la cama, esta era suave y tenía un rico aroma, aroma a bebé, el cual siempre le había parecido agradable.
Siguió avanzando y llegó a un mueble que le llegaba más o menos a la cintura, era como otro mueble de cajones y puertas que también estaban cerrados sin ninguna cerradura aparente, la diferencia es que en la parte superior había una especie de acolchado con cobertura plástica, en la parte superior había un par de correas con broches y en la parte inferior lo mismo pero con unos bastones de metal como de 40 cm de largo, al principio no tenía idea de que era ese mueble pero pronto se hizo una idea mental de lo que significaba, prefirió no pensar en eso y siguió recorriendo.
Llegó a un librero con muchos libros, todos ellos infantiles, a un lado, una repisa llena de materiales de arte, pinturas, lápices de colores, gises y crayones, nada de eso era profesional, todos los materiales parecían sacados de un jardín de niños. También había un pequeño escritorio que se podía inclinar con una silla alta, intentó mover algo, pero todo parecía estar anclado al suelo.
El piso estaba cubierto con una suave alfombra y en un rincón había un tapete acolchado, el mismo tapete en el que sus madres la habían dejado anteriormente, alrededor de ese tapete había cojines con formas de objetos como un caramelo, arcoíris, un corazón, gota de agua, etc.
Del otro lado había un sillón, este era de esos sillones reclinables que además tenía función de mecedora, era algo grande, tal vez cabrían hasta dos personas ahí.
El último mueble era una especie de mesa para café, como esas que tienen en los hoteles y restaurantes, solo que esta no tenía ruedas y todos los cajones estaban cerrados, encima no había nada, pero en la pared con la que estaba recargada había varios contactos eléctricos, seguro era para conectar una cafetera o algo por el estilo.
Volvió a recorrer con su vista toda la habitación, la verdad es que el decorado era lindo y el ambiente agradable, el papel tapiz era color rosa, el cual le gustaba, sin embargo, los motivos infantiles hacían que lo repudiara. Pese a ser un espacio agradable, lo odiaba, lo odiaba por completo.
No hacía falta ser adivina para saber lo que sus madres intentaban hacer con ella, pero Zaira estaba dispuesta a luchar hasta las últimas consecuencias, había perdido su libertad, pero no perdería su dignidad.
Se tumbó en el sillón reclinable, necesitaba descansar, su pierna ya no le dolía, aunque el tobillo le picaba. Se reviso la piel y tenía unas pequeñas marcas rojas, parecían picaduras de insecto, pero no le daban comezón, más bien solo una pequeña molestia. Analizó ambos dispositivos. El del tobillo derecho era más grande y tenía un pequeño cubo que sobresalía, también tenía una pequeña luz verde que parpadeaba cada cinco segundos y dentro de la correa tenía un recubrimiento como de neopreno. Ese era el primer dispositivo que le había colocado aquel joven técnico de la policía con el cual se había divertido un poco, solo el recordar esa escena le había sacado una risa.
El segundo dispositivo, el de la pierna izquierda, era más delgado pero un poco más pesado, este no tenía ningún tipo de luz, también se dio cuenta que no tenía una cobertura de neopreno por dentro de la correa como el otro, más bien este tenía dos pares de círculos dorados que hacían contacto con la piel, seguramente de esos electrodos es de donde salía la corriente que le daba los calambres en la pierna.
-Esas malditas brujas- pensó dentro de sí, saben que, aunque soy más baja y ligera que ellas, se cómo pelear y podría vencerlas sin ninguna complicación, por eso me pusieron esto. Recordó un documental que vio cuando era niña, en donde a los elefantes de un circo los controlaban con bastones que emitían descargas eléctricas, y por un momento, se sintió como un animal salvaje en cautiverio.
Se recostó en el sillón e intentó sacar su teléfono, quería avisar a su novio y a sus amigas de toda aquella situación, él podría salvarla de esa prisión, incluso tal vez podrían escaparse. Busco en los bolsillos de su pantalón y alrededor de la habitación, pero no lo encontró en ningún lado. Pensó que seguramente sus madres se lo habían quitado durante su trance con las descargas eléctricas.
Cerró los ojos y después de unos segundos los abrió, tenía ganas de orinar. Se levantó y al llegar a la puerta del baño se dio cuenta que también tenía una de esas chapas de huella digital. Ni siquiera intentó abrirlo. Se recargo en la puerta y se deslizó hasta el suelo en donde se puso a llorar.
Capítulo 4: Empezar de cero
Carmen y Lorena tenían sus dudas, se habían sentido mal de tener que usar la fuerza para someter a Zaira, pero por primera vez en su vida habían sentido que ellas tenían el control de la situación y no su hija; cuando era más pequeña, las controlaba con sus berrinches y chantajes, al crecer con sus gritos y ataques de furia, le tenían miedo, temían que si la hacían enojar ella podría pegarles o irse de la casa y juntarse con una bola de drogadictos como las que solía frecuentar. Eso siempre las había paralizado de disciplinar o castigar a su hija. Con esta herramienta, ahora podían doblegarla, podían ser realmente la autoridad en ese momento.
Desde su habitación, Las mujeres podían ver todo lo que sucedía en la de Zaira, había una cámara ocultas que estaba conectada a su wifi y podían verlas en sus teléfonos o su televisión. En ese momento estaban contemplando todo el recorrido que Zaira había hecho por su habitación y observaron el momento en el que intentó entrar al baño. Sabían que en ese momento tenía ganas de orinar, era el momento oportuno para iniciar con el primer paso de la terapia. Para ese momento, la chica ya tenía que imaginarse de que iba toda esa situación, no habría que explicar nada, también sabía que no valía la pena resistirse o atacar a sus madres pues el brazalete del tobillo podía dejarla fuera de combate en cualquier momento. Las mujeres se levantaron y fueron a la habitación, abrieron la puerta poniendo su huella digital, en ese momento, Zaira se levantó rápidamente de suelo en donde se encontraba recargada de la pared del baño, nadie se dirigió la palabra. Carmen avanzó a la puerta del baño en la que colocó su dedo y esta se abrió. Zaria se le quedó mirando por unos segundos, y esta le respondió con una sonrisa, la chica entro al baño cerrando la puerta tras de sí.
Se sentó en el retrete después de bajarse los pantalones y las bragas, dejó fluir el líquido que resonaba al aterrizar contra el charco de agua, respiró profundamente, intentando analizar todo lo que estaba sucediendo, una vez terminado, se limpió con un trozo de papel higiénico, sin saber, que esa simple acción, el sentarse a orinar en el retrete, algo tan normalizado y mundano en su vida, sería algo que extrañaría durante un muy largo tiempo.
Una vez se puso de pie y se subió las bragas y abrochó el pantalón, intentó salir, pero la puerta estaba cerrada, tocó la puerta como quien quiere entrar a un lugar, pero ella lo hacía justo con la intención contraria, después de dos leves golpes a la puerta, esta se abrió, y sin dejarla salir, ambas mujeres entraron.
Zaira se quedó perpleja, la última mujer en entrar cerró la puerta tras de sí y se acercó a la bañera, la cual puso a llenar con agua tibia.
-Es hora del baño, podemos hacer esto por las buenas o por las malas, tú decides -Dijo Lorena mientras sostenía el pequeño control que activaba las descargas.
-Puedo bañarme sola, muchas gracias -respondió haciéndoles una seña con las manos para que salieran del cuarto.
-No lo creo, respondió Carmen -Has perdido todos tus privilegios, el uso del baño es uno de ellos, ahora solo nosotras podremos bañarte, así que, como dijo tu madre, por las buenas o por las malas.
Zaira intento quitarle el control a Carmen aprovechando que estaba distraída, casi lo logra, pero inmediatamente un calambre se extendió por la pierna, esta vez duró más que las otras veces, cayó al suelo sin poder controlar la pierna. Lorena había activado el brazalete desde el fondo del baño.
Carmen empezó a quitarle la ropa, la chica estaba cooperando, más por el dolor de la pierna y porque en realidad la sentía muy débil, primero le quitó la blusa por encima de la cabeza, después los tenis y las calcetas, le quitó el pantalón dejándola en ropa interior, la última ropa interior que usaría en un largo tiempo.
Después le quitó el sostén y por ultimo las bragas, Zaira no era muy tímida respecto a su desnudes, pero ahora se sentía vulnerable, aunque estaba con sus madres, nunca se había sentido así; con un botón podrían controlar cualquier cosa que quisieran.
Lorena la levantó de las axilas, era una mujer grande y fuerte, la introdujo en la bañera que ya estaba llena con agua tibia y llena de burbujas, con una regadera de mano empezó a mojar el cabello de la chica, después le colocó shampoo para bebés con aroma a miel y manzanilla y comenzó a darle un suave masaje en la cabeza. Zaira pensó que el baño iba a ser rudo e incómodo, pero estaba siendo bastante delicado y cariñoso. La chica estaba con las piernas encogidas, abrazando sus rodillas y con la cabeza agachada, el sentir en masaje cariñoso en su cabello la relajó un poco y se resignó a disfrutar.
Después de lavar y enjuagar el cabello de su hija, tomó una esponja con forma de pez en la que colocó un poco de gel de baño, comenzó a frotarla por todo el cuerpo con mucho cariño, la chica sintió la suave esponja por todo su cuerpo, al llegar a sus genitales se cohibió un poco, pero una mirada de Lorena la hizo saber que si se resistía habría consecuencias, no quería ni imaginarse lo que se sentiría esa descarga eléctrica debajo del agua. Dejó que su madre frotara cada centímetro de su cuerpo, se mantuvo dócil a todos los movimientos, la ternura con la que lo hacia la llenó de paz, tal vez sus madres no fueran las viejas brujas que ella había creído todo este tiempo.
Terminado el baño, Lorena la puso de pie y Carmen le paso una toalla con la que fue envuelta, la toalla tenía un gorro que le colocó en la cabeza, tapándole parcialmente el rostro, la mujer la levantó en brazos y la sacó del baño, Carmen se quedó recogiendo todo y Lorena puso a Zaira sobre el mueble con superficie acolchada.
La comenzó a secar con la toalla, Zaira no pronunciaba ninguna palabra, solo dejaba que esto sucediera, no se sentía tan incomoda después de todo, una vez estuvo completamente seca, la madre abrió uno de los cajones y sacó un bote color violeta, era crema corporal para bebés, con aroma a lavanda, el empaque decía que era relajante justo para antes de dormir, se colocó suficiente cantidad en ambas manos y comenzó a esparcirlo por todo el cuerpo de la chica, no dejando ni un centímetro sin humectar. Al llegar a la zona genital, la chica se incomodó un poco, pero la madre lo hizo con tanta dulzura que no le importo. Al terminar de aplicar la crema corporal, Carmen salió del baño cerrándolo tras de sí, fue al armario y de uno de los cajones empezó a sacar ropa.
Zaira no sabía cómo estaban haciendo las mujeres para abrir los cajones con tanta facilidad, si no había ninguna cerradura visible y ellas tampoco habían colocado su dedo en un lector de huellas como en la puerta de entrada o presionado algún código, simplemente estaban abriendo las puertas y cajones como si nada. Cuando ella lo había intentado ninguna puerta o cajón cedían, estaban completamente bloqueados y ahora las mujeres los abrían como si cualquier cosa.
Carmen sacó una blusa de un cajón del armario, Zaira estaba esperando ver que sacara también unas pantis y un sostén, pero lo único que sacó fue la blusa, blusa que por cierto ella no recordaba tener, pues esta era de un color muy claro, un amarillo pastel, y ella nunca usaba ropa de ese color tan vomitivo. Lorena guardó el bote de crema del cajón del que lo sacó y abriendo otro, tomó otro bote de crema más pequeño y un bote de talco para bebé. Después abrió una de las puertas laterales y sacó un paquete blanco, acolchado y de superficie suave, eso era claramente un pañal. Al ver esos productos sabía lo que significaba, intento bajarse del mueble, pero en ese momento Carmen levantó el pequeño dispositivo en el aire en tono de amenaza.
-Si eres una niña buena, mami será gentil contigo como lo ha sido hasta el momento, si no, tendremos que usar la fuerza – Dijo Lorena en tono tranquilo pero serio.
Zaira la empujo con ambos pies, la mujer casi cae al suelo, pero fue detenida por Carmen que se encontraba tras de ella. Zaira se bajó del mueble y completamente desnuda se echó a correr en dirección a la puerta de la habitación, intentó abrirla pero esta no cedía, movió la palanca hacia arriba y abajo repetidamente pero solo veía un pequeño led rojo que parpadeaba en cada intento y emitía un agudo pitido, al ver que sus intentos eran inútiles y aprovechando que sus madres estaban distraídas, corrió hacia una de las ventanas, al descorrer la cortina para intentar abrirla, se dio cuenta que había una herrería por fuera, eso no estaba ahí antes, claramente la acababan de poner como el resto de los muebles, fue a revisar las otras dos ventanas, pero estas se encontraban en el mismo estado.
Por último, intentó encerrarse en el baño como solía hacer cuando era más pequeña e intentaba darle un castigo a sus madres para que la dejaran hacer lo que quisiese, se podía encerrar horas y horas en el baño y sus madres preocupadas de que no comiera o se hiciera daño ahí dentro, siempre cedían a sus caprichos, pero la puerta estaba igualmente bloqueada. pensó entonces, apoderarse de los dispositivos que tenían sus madres, con el cual activaban el brazalete de castigo, pero para ese momento, ambas mujeres ya se habían incorporado y tenían sus dispositivos en la mano, levantándolas en señal de advertencia.
La fuerza bruta no iba a servir ya, pues el maldito brazalete la podía dejar fuera de combate en cualquier momento, además, se encontraba prisionera dentro de su propia habitación, entonces tendría que recurrir a una táctica a la cual hacia años no utilizaba, pero era igual de efectiva que la intimidación; el chantaje emocional.
Zaira se tumbó de rodillas sobre la suave alfombra y se llevó las manos a la cara, comenzó a sollozar en tono bajo y después aumentando en volumen, pese a que llevaba mucho tiempo fuera de práctica, estaba siendo convincente.
Ambas mujeres se quedaron viendo una a la otra, no sabían si se trataba de una de sus trampas o esto era algo de verdad y la terapia estaba dando resultados antes de lo esperado. Con precaución, Lorena se acercó a la muchacha mientras que Carmen a una distancia prudente estaba preparada para utilizar el brazalete en cualquier momento. Lorena levantó a Zaira y la tomó en brazos, la chica seguía sollozando, cubriéndose la cara, pero esta vez no mostraba ninguna resistencia, la mujer la llevó hasta el sillón, en donde se sentó y colocó a la chica sobre sus piernas.
-Escucha nena, esto será así, por lo menos hasta que demuestres un buen comportamiento y que puedes recuperar tus privilegios de niña grande, por lo mientras, te recuerdo lo que te dijimos hace unos momentos; el baño es un privilegio que aún no has ganado, y a partir de este momento, tus mamis te bañaran y te cambiarán el pañal cuando sea necesario ¿Entendido? – Le dijo con tono dulce a la chica mientras intentaba que esta se descubriera el rostro.
-No quiero mami, no quiero usar pañales como bebé, yo puedo ir solita al baño – Le dijo en un tono suplicante, con toques de sufrimiento, un tono que tenía años que las mujeres no escuchaban y que siempre había logrado su cometido.
Pero esta vez se habían prometido llevar a cabo la terapia al pie de la letra, no cometerían los mismos errores del pasado que la llevaron a este estado de descontrol y delincuencia, Lorena, con un movimiento rápido de manos, tomó la parte posterior del cuello de la chica y lo colocó sobre su rodilla derecha, y bajándole las piernas, la dejó con las nalgas desnudas, expuestas sobre su rodilla izquierda.
Sosteniéndola fuertemente extendió su mano y dio tres azotes en las nalgas descubiertas de la joven.
Zaz!… Zaz!… Zaz!…
– Esto es por haber lastimado a mamá Lorena al empujarla con tus pies -dijo después de dar los primeros azotes
Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!…
– Estos son por lastimar a mamá Carmen – Dijo después de dar cinco azotes más, dejando el culo de la chica completamente rojo
Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!…
La chica con desesperación intentaba cubrirse las nalgas con sus manos, pero no alcanzaba correctamente.
– Estos son por intentar salir de la habitación sin permiso
Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!… Zaz!…
Siguió intentando proteger su trasero de los repetidos azotes, pero lo único que logró fue que sus dedos recibieran los manotazos también.
– Y estos son para que tengas una razón verdadera para llorar.
Las lágrimas fingidas de Zaira se convirtieron en lágrimas verdaderas, entre cada ronda de nalgadas, gritaba suplicante que se detuviera, pero Lorena no la escuchaba, sus ojos se llenaron de llanto, por el dolor de los azotes, pero sobre todo por la humillación. Nunca se había sentido tan vulnerable, y nunca sus madres se habían sobrepuesto así sobre ella, esto era diferente, y el hecho de ser una joven de casi veinticuatro años de edad, boca abajo sobre el regazo de su madre, con el culo ardiendo después de ser azotado, era la situación más denigrante que había vivido hasta ese momento, el dolor podía aguantarlo sin problemas, pero la humillación, jamás.
Lorena volvió a subir a la chica empapada en llanto al mueble cambiador. Carmen le ajustó dos correas a las muñecas, dejando sus manos por encima de la cabeza, mientras Lorena sujetaba los tobillos a los arneses de la parte inferior del cambiador, estas correas a diferencia de las de las muñecas que eran fijas, se podían mover hacia arriba y abajo porque estaban sujetas con unos bastones al mueble.
Una vez inmovilizada la chica, Lorena empezó a aplicar crema en la zona genital, con mucha delicadeza, después levantó los bastones para llevar los tobillos de la chica al aire y dejar sus nalgas expuestas, en las cuales aplicó de nuevo la crema. Esto al principio le causo más ardor a Zaira, pero pronto sintió el alivio de la pomada fresca contra su piel herida.
Con los ojos llenos de lágrimas, vio como su madre extendía el pañal en el aire y después lo deslizaba bajo su cadera, una vez colocado sintió los polvos de talco cayendo sobre su piel, lo cual también le genero una sensación de frescura, el aroma llegó a su nariz y se sintió relajada, el aroma a bebé siempre le había parecido relajante y delicioso. Lorena bajó los bastones para dejar los tobillos de nuevo abajo y las nalgas de la chica descansaron sobre el acolchado pañal, la sensación fue de un instante de ardor, sin embargo, se sentía muy bien, el material era suave y esponjoso, después, con la vista empañada por las lágrimas, vio como su madre colocaba el resto del pañal sobre su abdomen y lo cerraba firmemente con cuatro cintas, una por una. No estaba segura de que momento había sido más humillante, si el de los azotes o la vista de las cintas de un pañal cerrándose sobre su abdomen.
Carmen le retiró las correas de las manos y le pasó la blusa por encima de la cabeza, se dio cuenta que la blusa era más larga de lo normal, su madre la volvió a acostar y levantar ligeramente sus tobillos, para cerrar la parte inferior de la blusa sobre si misma con tres broches, ahí se dio cuenta que no era una blusa común, si no uno de esos bodies para cubrir el pañal, como el que usan los bebés.
Una vez que estuvo vestida, Lorena le quitó las correas de los tobillos y la bajó del cambiador, en ese momento escucho el sonido de las barandas de la enorme cuna bajando poco a poco, cuando estuvo hasta abajo, Lorena depositó a la chica en la cuna y volvió a subir las barreras.
Zaira seguía en un estado de shock, por la humillación de los azotes y luego por la del pañal.
-Ni se te ocurra sacarte el pañalero y mucho menos el pañal, si lo intentas, lo único que lograras es que te amarremos manos y tobillos a la cuna – Le dijo Carmen amenazante.
-Además de otra ronda de nalgadas – Complemento Lorena haciendo un movimiento de lado a lado con su mano derecha viendo hacia arriba.
Capítulo 5: Fuerza bruta
Zaira se quedó sentada dentro de la cuna con las piernas cruzadas y las manos sosteniendo los barrotes. Seguía procesando lo que acababa de ocurrir, era la primera vez que se encontraba en una situación similar. Nunca antes sus madres se habían podido sobreponer a su voluntad y a sus caprichos, siempre había podido manejarlas; de pequeña con berrinches y chantajes, de más grande incluso con el uso de la fuerza, pero la balanza se acababa de inclinar en su contra y ahora estaba en una situación de clara desventaja.
Completamente humillada y con las nalgas ardiéndole por los azotes intentó ponerse de pie, pero la pierna aun le dolía un poco, la sentía débil, como si hubiera hecho mucho ejercicio el día anterior, pero solo era la pierna izquierda, la que tenía aquel maldito brazalete de choques eléctricos.
Intentó arrancarlo de su tobillo, pero lo único que consiguió fue hacerse daño. Odiaba ese aparato, sin él tendría una oportunidad de escapar de ese infierno, pero ahora, sopesaba la posibilidad de preferir estar en prisión que en su propia habitación.
Después de fracasar con el intento de arrancarse el brazalete recordó los pañales, el aroma a bebé estaba impregnado por todo su cuerpo, y aunque este no le desagradaba, le hacía recordar el estado al que había sido reducida en ese momento; una indefensa bebé con pañales y mameluco.
Abrió los broches que estaban entre las piernas de su bodie y se lo quitó por completo, quedando únicamente en un pañal blanco y esponjoso. Se arrancó las cuatro cintas que estaban adheridas en la parte delantera y se sacó el pañal arrojándolo por encima de los barrotes de la cuna, una pequeña nube de talco se levantó de entre sus piernas inundando nuevamente sus fosas nasales con aquel aroma. Estaba demasiado cansada para hacer nada más, se metió bajo las suaves cobijas y se quedó analizando su situación hasta quedar profundamente dormida.
Las cortinas se abrieron con el ronroneo de un pequeño motor eléctrico y la luz de la mañana se empezó a colar en la rosada habitación. Con la luz natural, esta lucía como una tranquila y apacible habitación de bebé, con sus colores suaves sobre las paredes y muebles, una linda alfombra afelpada en el centro, una mecedora, un cambiador de pañales, algunos juguetes y una cuna en la que dormía tranquilamente una pequeña jovencita.
En el suelo había un pañal extendido, completamente limpio y en la esquina de uno de los barandales de la cuna estaba colgado, casi a punto de caer un bodie color rosa. La chica empezó a moverse, se quitó las cobijas del rostro y abrió los ojos adaptándose a la luz de día. Lo primero que vio fue a los simpáticos animales de tela que colgaban del móvil por encima de su cabeza, después los cuatro barandales que la rodeaban. Paso las manos por su rostro como intentando volver a despertar, esperando que esto siguiera siendo el mismo sueño que tuvo la noche anterior, en donde sus madres la bañaban y después le colocaban un pañal y una pijama de bebé, no sin antes una buena dosis de azotes en las nalgas. Paso la mano por sus suaves glúteos que se veían enrojecidos, aunque ahora mucho menos de lo que estaban la noche anterior, el ardor ya había desaparecido por completo, aunque el rastro y el aroma del talco aún se podían sentir.
Le entraron las ganas matutinas de orinar, se puso de pie para intentar bajar los barrotes y salir de esa pequeña y rosada prisión. Intentó de todas las formas que se le ocurrieron, pero no logró mover ni un poco la baranda, intentó pasar por encima de ella, pero no había manera de hacerlo, era más alta que ella misma y no había ningún tipo de apoyo con el cual poder escalar. Después de pensar un poco y con las ganas de orinar en aumento, quitó todas las cobijas del colchón y las hizo un bulto justo en la esquina para poder tener más altura y apoyarse para salir, después de varios intentos, esto tampoco demostró ser útil, aún necesitaba más altura para poder pasar una pierna sobre la cuna. Con las cobijas todas en una esquina, intento quitar el colchón y con este hacer una rampa para salir, era la mejor idea que se le había ocurrido hasta ese momento, ya estaba saboreando la miel de la victoria, que, aunque el baño estuviera cerrado y necesitara poner una huella dactilar autorizada para poder abrirlo, eso se antojaba más sencillo que escapar de la cuna, pues durante su infancia y juventud había abierto muchas puertas, incluso más difíciles que esa. Se colocó de un lado para jalar el colchón del otro, pero por más que jalaba no lograba moverlo, primero pensó que estaba muy pesado y que necesitaría más fuerza para hacerlo. Tomó un segundo respiro y con todas sus fuerzas intento tirar de él mientras ella se paraba en el borde del otro lado, casi sacando sus pies por los barrotes para pisar lo menos posible el colchón, pero esto fue completamente inútil, y lo único que provocó es que un pequeño chorrito de pis se le escapara y se deslizara por su pierna derecha.
Derrotada empezó a resignarse, ahora las ganas de orinar eran incontenibles, decidió orinar sobre el colchón, que ahora se hacía evidente que estaba pegado a la base de la cama, si mojaba el colchón, sus madres tendrían que remplazarlo y con suerte el nuevo no estaría tan pesado o no estaría adherido a la cama. Se fue a la esquina de la cuna y se puso de cuclillas, recargándose en dos lados de la cuna dejando salir el torrente de líquido tibio y amarillento, no era la primera vez que tenía que orinar en un lugar que no fuera un baño, lo había hecho anteriormente en alguna borrachera cuando no había baños cerca y la mente no estaba en su mejor momento, también lo había hecho en algún concierto y una vez en el asiento de una patrulla y recordaba con diversión la cara de los policías cuando empezó a orinarse dentro de su vehículo, no podía recordar bien por qué razón la habían detenido esa vez pero si lo mucho que disfruto haciendo enfadar a esos dos.
El chorro empezó a caer sobre la superficie suave del colchón pero este empezó a hacer un ruido distinto al que esperaba, se escuchaba como si estuviera orinando sobre una superficie lisa, impermeable y no sobre un material de tela absorbente, se asomó para ver lo sucedido y se dio cuenta que esa tela era una especie de material repelente al agua, la orina no estaba manchando el colchón, simplemente se estaba escurriendo hacia abajo y cayendo sobre el suelo, al terminar se asomó por los barrotes y ahí estaba, el pequeño charco de pipí sobre el suelo.
El plan b había fallado, no podría usar el colchón como rampa, pero aun podía seguir intentando escapar de la cuna. Descarto completamente la posibilidad de pasar por encima de los barrotes, así que lo que seguía era intentar romperlos. Se acostó boca arriba y con la planta desnuda de su pie empezó a patear con fuerza uno de los barrotes, con uno que lograra quitar, podría pasar su cuerpo por ahí, pateó repetidas veces hasta que el dolor de su pie no soportó más, lo intentó con el otro, pero este duró aún menos, pues seguía con la sensación de debilidad de las descargas eléctricas de la noche anterior. Por último intento voltear la cuna, se colocó de un lado de esta y corriendo chocó su cuerpo con el lado contrario, esperando que todo el mueble se volteara de lado para poder salir de ahí, esta era su última esperanza, dio un primer impacto que retumbó en toda la habitación, su brazo y hombro recibieron un fuerte golpe y el barrote con el que impactaron quedó marcado en su piel, regresó en sus pasos para intentarlo nuevamente, pues la cama no había dado indicios ni siquiera de desplazarse un poco, cuando de repente, la puerta de la entrada se abrió.
Zaira no escuchó el sonido de la puerta abriéndose pues estaba muy ocupada en su misión de escapar de la cuna, Carmen y Lorena entraron a la habitación y vieron a la chica, completamente desnuda dándose de golpes contra los barrotes de la cuna, Carmen vio el pañal tirado en medio de la habitación y lo recogió, después fue por el bodie que estaba también en el suelo, aun lado de la cuna, este se había caído después de toda la intensa actividad que había sucedido ahí. Lorena le grito a Zaira que se detuviera, pero esta solo le echo una mirada de furia y volvió a descargar todo su peso contra la cuna, después de ese último impacto, volvió a tomar impulso para un siguiente intento, cuando sintió el espasmo en su pierna y ese maldito sonido eléctrico que lo acompañaba y le erizaba todos los vellos de la piel.
-Vemos que no pudiste obedecer una instrucción tan simple como la de no quitarte el bodie ni el pañal- dijo Carmen sosteniendo en la mano las prendas que había recogido del suelo.
-Pensábamos que tendrías edad suficiente para entender esas cosas tan básicas, pero nos damos cuenta de que no -Repuso Lorena. -Creo que en lugar de empezar de los dos años vamos a tener que empezar desde los dos meses -Dijo dirigiéndose solamente a Carmen.
Lorena tomo la parte superior de la cuna y suavemente deslizó los barrotes hacia abajo, Zaira se encontraba sentada sobre el colchón con la pierna estirada, el calambre solía durarle un par de minutos después de la descarga, por lo que intentar correr en ese momento solo hubiera hecho que cayera al suelo al intentar plantar el pie sobre el piso, ambas mujeres la cargaron para sacarla de la cuna y la colocaron sobre el cambiador. Sujetaron sus extremidades con las correas como lo habían hecho la noche anterior, y mientras Lorena fue por un trapeador para limpiar el charco de orina de a un lado de la cuna, Carmen comenzó a vestir a la chica.
Abrió uno de los cajones y sacó una caja de toallitas húmedas con la que empezó a limpiar delicadamente a la chica, el frio de las toallitas en contacto con la piel hizo que Zaria se moviera con pequeños espasmos, Carmen se retiró por instinto pero luego recordó que las correas impedían que Zaira intentara cualquier cosa, así que siguió con su trabajo, limpió ambas piernas y sus genitales, paso otra toallita por sus nalgas y entre ellas con ayuda de los bastones que elevaban los tobillos de la chica en el aire, durante todo ese tiempo Zaira no paraba de maldecir y gritar a todo pulmón, pero esto a Carmen parecía no importarle, pues sabía que la cobertura aislante que habían colocado en las paredes junto con los vidrios dobles de las ventanas, hacían que ningún sonido saliera de la habitación.
Después de limpiar todos los residuos de orina, abrió otro cajón de dónde sacó un gran bote de talco y empezó a espolvorearlo en toda la zona, en las nalgas, ingles, también en los genitales y sobre el pubis, una vez que estuvo satisfecha sacó un grueso y esponjoso pañal, este se veía aún más grueso que el de la noche anterior y a diferencia del otro, no era completamente blanco, este era de un color rosa claro con dibujos de conejos sonrientes bailando y jugando por todo el pañal, lo extendió por debajo de las nalgas de Zaira y bajando los bastones puso sus piernas a cada lado del pañal, después levantó la parte delantera para sujetar firmemente las cintas en la parte de enfrente. Zaira al ver esta escena dejó de maldecir, pues ya se había cansado, además que le estaban entrando ganas de hacer popó y estaba segura de que esta vez sí tendría que hacerlo en su nuevo y aún más infantil pañal.
Carmen no le quitó las correas de las muñecas y tobillos en seguida. Fue al armario donde sacó un pequeño arnés color rosa, el cual colocó por encima del pañal de Zaira, sujetándolo con unos broches que no lucían como broches normales, no tenían una hebilla normal, eran completamente lisos y hacían un sonido magnético al abrocharse. Ahora Zaira no podría quitarse el pañal por más que lo intentara.
Una vez colocados el arnés y el pañal, Zaira esperaba su respectiva ropa, sin embargo, Carmen empezó a quitar los arneses de manos y tobillos, Lorena ya había terminado de limpiar y esperaba detrás de Carmen con el control del brazalete eléctrico levantado en el aire a vista de la chica, para que se lo pensara dos veces antes de intentar hacer lo mismo que había hecho el día anterior de patear a su madre después del cambio de pañal. Zaira no intento nada, se encontraba bastante adolorida, no solo por la descarga de hace unos minutos, si no por todos los golpes que se había dado, intentando escapar de la cuna. Viendo fijamente el control de Lorena bajó del cambiador con ayuda de su madre.
-¿Piensan tenerme desnuda todo el día? -Preguntó retadora Zaira a Carmen quien la tomaba de la mano y la llevaba al sillón mecedora.
-Pues eso no parecía importarte hace rato que entramos a la habitación -Contestó Lorena quien se dirigía a un mueble que estaba al fondo de la habitación.
Carmen sentó a su hija en el sillón sobre sus piernas, el pánico se apoderó de la chica pues recordaba la escena anterior en donde una lluvia de nalgadas aterrizó sobre su culo repetidamente, cerró los ojos esperando las nalgadas cuando sintió un blando objeto entrar en su boca. Abrió los ojos y antes de poder escupirlo Carmen lo sostuvo con dos dedos.
-Basta ya de maldiciones e impertinencias, a partir de este momento y hasta nuevo aviso tienes prohibido hablar. Cada palabra que digas será un azote en las nalgas como el día de ayer, y para que no se te escape ninguna palabra por error, tendrás este chupón en la boca todo el tiempo, solo mamis pueden quitarlo, y si te lo llegas a quitar te vamos a dar diez azotes ¿entendido?
Zaira estuvo a punto de decir otra maldición, pero Carmen seguía sosteniendo el chupete dentro de su boca, lo que le impidió articular ninguna palabra, en la mirada de Carmen y de Lorena no había espacio para apelaciones. Zaira se limitó a asentir con la cabeza. La madre quitó su mano de la boca de la chica, esperando como siempre un ataque de rebeldía. No pasaron más de tres segundos cuando el chupete voló por el aire con una estela de saliva, rozando por poco el rostro de Carmen, tampoco pasaron ni dos segundos antes de que el sonido electrónico repicara en el tobillo de Zaira y una corriente atravesara toda su pierna. Con la pierna adolorida sintió como su madre le quitaba el arnés que estaba encima del pañal y segundos después le jalaba la parte trasera de este, despegando alguna de las cintas y dejando el pañal a la altura de las rodillas, boca abajo, sobre las piernas de la mujer, el culo de Zaira empezó a recibir azote tras azote.
-¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… -Se escuchaba por toda la habitación, retumbando por las paredes.
Lorena le dio a Carmen una enorme paleta de madera, era un largo y grueso rectángulo con un mango cubierto de goma, la pieza era completamente rosa con tres corazones grabados en bajo relieve sobre la superficie de la pala.
-¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… -Seguía resonando la piel de las nalgas de Zaira. Esta vez con más intensidad gracias al nuevo instrumento de corrección.
Mientras, Lorena seguía de espaldas a las otras dos, haciendo algo sobre el mueble del fondo, lo cual Zaira no había podido ver debido a su posición y a las lágrimas que caían sobre sus ojos.
Carmen se detuvo y depositó con cuidado a Zaira sobre el suelo en donde sollozaba de dolor y de humillación, como pudo, le volvió a colocar el pañal en su lugar, sin ser demasiado gentil con su trasero al rojo vivo, le volvió a poner el arnés y tomó el chupón del suelo, el cual introdujo sin amabilidad en la boca de su hija. Esta vez Zaira no volvió a escupirlo.
La chica estaba sollozando en el suelo, sobre la alfombra de en medio de la habitación, exactamente en el mismo lugar en donde había aterrizado su pañal recién puesto la noche anterior.
Lorena se acercó a la chica y la levantó en peso. Se sentó en el sillón mecedora con la chica sobre su regazo, le quitó con suavidad el chupete de la boca el cual fue remplazado inmediatamente por otro, este era un poco más delgado y sacaba un líquido tibio de su interior.
Zaira abrió los ojos y vio la parte de enfrente de un gran biberón y detrás de él, la mirada de su madre que sin palabras le advertían que más le valía no escupir este también.
Empezó a succionar el líquido tibio del biberón el cual no tenía un sabor en específico, pero no era desagradable, comenzó a sentir una agradable sensación de alivio, pues por toda la actividad y emociones de la noche anterior y de esa mañana, no había caído en cuenta de que no había comido en más de veinte horas y que por supuesto tenía hambre y sed, el líquido no tenía ningún sabor pero estaba saciándola y eso la reconfortaba, además que el alimento liquido era tibio y suave.
Carmen le colocó un babero alrededor del cuello mientras Lorena seguía sosteniendo el biberón, Zaira no sabía qué hacer con sus manos así que intento sostener el biberón, pero rápidamente Carmen se las quitó y se las puso sobre su panza. En ese momento la escena era muy tierna; una chica de veintidós años usando un pañal con dibujos de conejos, con las manos en la barriga tomando un biberón que su madre le estaba dando en la boquita.
Minutos después el biberón estaba completamente vacío, Lorena le preguntó a la chica si quería más y esta estuvo a punto de decir que sí, pero recordó la amenaza, se detuvo a la mitad de la silaba y solo asintió con la cabeza, tenía hambre y esa especie de leche se la estaba calmando. Carmen le pasó otro biberón lleno a Lorena, quien lo volvió a introducir entre los labios de la chica que empezó a devorarlo.
-Durante las próximas semanas esto será tu desayuno, comida y cena -Le dijo Lorena sin dejar de sostener el biberón sobre el rostro de su hija -Esta lechita tiene todas las proteínas, calorías y vitaminas que necesitas, no sentirás hambre y estarás bien alimentada.
Zaira se empezó a preocupar, ella de verdad amaba comer, y no soportaría estar semanas sin probar una rica pizza o un pollo asado. Sin embargo, tenía cosas más importantes de las que preocuparse en ese momento, como el escapar de esa tierna y dulce prisión.
Capítulo 6: Descendiendo
Zaira se terminó un tercer biberón, su madre le limpió la boca con el babero y después de varias palmadas en la espalda, con las cuales la chica sacó los gases, la dejaron sentada en el centro de la habitación, sobre la suave alfombra que decoraba la mayor parte del suelo. Lorena tomó otro bodie del armario y se lo colocó a la chica cubriendo completamente el pañal y el arnés que lo aseguraba en su lugar, al cerrarlo entre las piernas, Zaira se dio cuenta que no eran broches normales como los de la prenda de la noche anterior, estas eran una especie de cintas que se cerraban magnéticamente una sobre la otra.
Las dos mujeres salieron de la habitación, dejando sobre un mueble dos biberones llenos de agua, también una mesa baja con algunos juguetes, crayones y hojas de papel, Zaira recibió su chupete con la boca y escuchó la puerta cerrarse tras de sí.
Se quedó en el suelo un largo rato, tratando de procesar lo que acababa de suceder, después de unos minutos, se dio cuenta que estaba moviendo el chupete lentamente dentro de su boca lo cual la hizo reaccionar y escupir el objeto al suelo, después se sentó en la mecedora subiendo ambos pies al asiento, era una mecedora grande y ella era algo pequeña. Otra vez su desventaja en esa situación se hacía evidente, ya estaba cansada de recibir descargas eléctricas de ese brazalete y de ser azotada en las nalgas como si fuera una niña pequeña, la situación ya estaba completamente fuera de su control y tenía que ser muy inteligente si quería escapar de ahí, a estas alturas, estar en prisión se le antojaba más digno que su realidad actual.
Se la pasó en el sillón sin hacer nada durante un largo rato, las ganas de hacer popó le hicieron levantarse y caminar por la habitación, no le quería dar la satisfacción a esas brujas de hacerse en su pañal, eso sería lo más bajo que podría caer, y eso que ya había caído bastante en menos de veinticuatro horas. Se acercó a la mesa que se encontraba a un lado de la habitación, cerca del baúl y las repisas bajas que estaban llenas de juguetes, muñecos de peluche, libros, crayones y un montón de cosas coloridas más, empezó a observar algunos de los muñecos y juguetes y recordó con nostalgia que muchos de esos eran juguetes que había tenido cuando era pequeña, algunos más eran juguetes que no había tenido, pero le hubiera gustado tenerlos. Observó las hojas y los crayones que estaban perfectamente acomodados en el centro de la mesa, desde niña le había gustado mucho dibujar y colorear, era su pasatiempo favorito, en la escuela siempre la estaban regañando por estar dibujando en sus cuadernos en lugar de tomar notas de las clases, cuando fue adolescente dejó de lado el dibujar, pero recientemente lo había vuelto a tomar con el grafitti, aunque esto también le duró poco tiempo, pues la policía se hacía presente en medio de cada intervención artística.
Se sentó en el suelo, sobre su acojinado trasero y tomó uno de los crayones, el aroma de la cera le hizo recordar el jardín de niños y los primeros años del colegio, fue un aroma que la transportó a tiempos en donde todo era alegría, se le escapó una sonrisa involuntaria que suprimió rápidamente, dejó el crayón en la mesa y regresó al sillón, las ganas de hacer popó cada vez eran mayores, empezaba a sudar y a sentir que se le erizaban los vellos de los brazos.
Intentó quitarse el bodie pero fue imposible, después se acercó a la puerta de entrada y empezó a golpear la puerta y a gritar que tenía que cagar, que la dejaran entrar al baño, que le quitaran esa estúpida ropa y ese estúpido pañal, no pudo completar la última frase pues inmediatamente recordó que le habían prohibido hablar y que cada palabra sería un azote, y sus madres le habían dejado bien claro que no tenían reparos en usar la fuerza física en contra de su hija, limites que no tuvo en toda su infancia y adolescencia y que ahora se le estaban cobrando con sus respectivos intereses.
Se sentó en el suelo, detrás de la puerta de entrada, cuando se resignó, se puso en cuclillas y dejo salir todo el contenido de su intestino con menos control del que le hubiera gustado, lentamente el pañal se fue llenando de esa masa caliente que se acomodaba dentro de sus pañales, un poco de pipí también empezó a salir, pues había bebido mucho liquido un par de horas antes, por lo que el pañal empezaba a aumentar de tamaño. Siguió pujando, apretando involuntariamente los puños hasta que dejó salir todo, se sentía muy aliviada, pero a la vez humillada, se puso de pie, no quería volver a sentarse pues sabía que la popó se le embarraría por todo el trasero, se hincó sobre la alfombra, cerca de la mesa con los crayones y tomó el crayón de nuevo, cuando estuvo a punto de comenzar a dibujar la puerta de la habitación se abrió. Rápidamente se puso de pie, de nuevo sus madres entraban a la habitación, Carmen se dirigió al cambiador mientras Lorena fue directamente a recoger el chupete del suelo, se lo volvió a meter a Zaira en la boca y sujetándole las manos le olfateó el trasero.
-No quiero volver a ver este chupón en otro lugar que no sea dentro de tu boca ¿Está claro? -Le dijo la mujer mientras la jalaba de la mano.
Zaira solo asintió con la cabeza mientras intentaba seguirle el pasó a su madre, caminando con las piernas abiertas para evitar seguir ensuciándose.
La mujer la llevó hasta el cambiador en donde la sentó, la chica pudo sentir como todo el contenido tibio y suave se esparcían por su trasero, era una sensación extraña, no completamente incomoda, pero si algo que jamás había sentido en su vida.
Carmen le empezó a colocar las correas en sus muñecas y tobillos, mientras Lorena sacaba las toallitas húmedas y la crema. Le desabrochó el bodie con facilidad y después el arnés que sujetaba el pañal. Zaira no podía ver mucho de lo que estaba sucediendo, pues se encontraba acostada boca arriba con una correa cruzando por su pecho para evitar que se levantará, pero seguía con una gran incógnita; ¿Cómo era posible que sus madres pudieran abrir puertas y cajones sin usar ninguna llave, si cuando ella lo había intentado fue imposible, como habían podido abrir el bodie y el arnés que sujetaba su pañal si no había ningún tipo de broche, botón , candado o cerradura? Parecía que simplemente tiraban de los broches y estos se abrían sin la mayor resistencia, pero minutos antes, cuando ella lo había intentado estos no habían cedido para nada, no parecía que fuera asunto de tirar con fuerza, pues las mujeres lo hacían con total naturalidad y sin mayor esfuerzo, definitivamente todo eso tenía un truco, y averiguarlo sería la clave para poder escapar de ese infierno.
Mientras la chica pensaba en todo esto, Lorena ya le había bajado el pañal, descubriendo todo el desastre que la niña había hecho, afortunadamente nada había escapado de las barreras del pañal. Limpió con mucha delicadeza las suaves nalgas de la joven, quitando hasta el más mínimo rastro de suciedad, después de pasar toallitas húmedas por toda la zona, le colocó un poco de crema para evitar rozaduras. Carmen le pasó un pañal nuevo, este no era el mismo de conejitos que el anterior, era celeste con un enorme león en la parte trasera y otro pequeño en la delantera, tal cual el diseño que uno vería en pañales para bebés, pero en un pañal tamaño adulto. Esto también le llenaba de preguntas la cabeza a la chica, de donde habían salido todas esas cosas infantiles tamaño adulto, sus madres las habían mandado a hacer especialmente para ella o ya existían esos productos en el mercado, una cosa es que se pueda comprar casi cualquier cosa por internet, pero otra muy diferente es que haya compañías y fabricas que diseñen y manufacturen en masa estos artículos para bebés tamaño adulto.
Zaira intentó ocupar su mente en todas estas cuestiones a propósito, pues trataba de evitar al máximo pensar que estaba teniendo un cambio de pañales después de haberse hecho popó encima, tal cual, como una niña pequeña, aunque ella no los necesitara, pues podía controlar su cuerpo perfectamente.
Una vez que la limpieza estuvo terminada y el pañal nuevo perfectamente colocado, volvió a recibir su arnés para sujetar el pañal, pero en lugar de ponerle un bodie, sus madres le colocaron una blusa color celeste con olanes en las mangas y un jumper, que es una especie de overol, pero en lugar de ser un pantalón que se sujeta hasta arriba con tirantes, es una falda. Una vez vestida le colocaron una loción con un suave y dulce aroma a bebé.
Le quitaron las correas y la bajaron del cambiador, la chica se la pasó con el chupete en la boca todo ese tiempo, con el cual no había podido soltar ningún insulto o maldición como la última vez, estaba esperando recibir un castigo por haberse quitado el chupón momentos antes de que sus madres entraran en la habitación, pero al parecer Lorena lo había olvidado, no quiso arriesgarse a recordárselo escupiendo el molesto objeto infantil de nuevo, así que mejor lo mantuvo en su boca, además pensaba que si les daba una razón, podrían ponerle una correa en la boca para sujetarle el chupete y que no se lo pudiera quitar, tal cual lo habían hecho ya con el pañal.
Después del cambio de pañales Carmen la tomó de la mano y la llevó al baño, mientras Lorena recogía todo lo del cambiador y tiraba el pañal sucio en el bote de basura que estaba al lado del mueble. Zaira no sabía para que la llevaban al baño, pues recién la habían vestido y era obvio que no iba a recibir un baño, tampoco la llevarían a hacer pipí o popó pues tenía bien sujeto un pañal entre sus piernas para ese propósito.
Colocando su huella en el lector, Carmen abrió la puerta y llevó a la chica hasta la silla que estaba en frente de su espejo, ese mueble era el que usaba todos los días para peinarse y maquillarse, aunque sobre este ya no estaban todos sus maquillajes y cosméticos, tampoco sus tenazas y plancha para el cabello. Carmen tomó un cepillo de uno de los cajones y empezó a cepillar suavemente a la chica, la cual tenía su largo cabello completamente revuelto y enredado debido a todos los forcejeos de la noche anterior y de esa mañana. La mujer cepillaba capa por capa el largo cabello de su hija. Zaira se sentía tranquila, hace mucho tiempo que había dejado de ser cepillada por sus madres, principalmente era por falta de tiempo de ambas y en algún punto Zaira había tomado su autonomía y ya no permitía que sus madres se le acercaran mucho, pero el sentir el cepillo que pasaba por su cabeza con suavidad y ligeros tirones, la volvió a transportar a aquella época donde era una niña sonriente y con mucha energía.
Se miró al espejo y ahí estaba su rostro, pero era muy diferente a la chica que se hubiera visto reflejada tan solo un par de días antes. Ahora era la cara de una niña pequeña con un lindo chupete moviéndose entre sus labios, usando una blusa con olanes y un jumper de mezclilla que, estando sentada, revelaba un poco el pañal blanco y esponjado con diseños infantiles que estaba usando. Se sentía tal cual, como una niña de dos años, siendo peinada por su madre.
Cuando la mujer estuvo satisfecha con su trabajo en el cabello de su hija, tomó un gran moño que le colocó con un broche sobre su cabeza, y con un par de ligas le hizo dos largas coletas a cada lado, esto terminó de coronar el aspecto infantil de Zaira, cualquiera que la mirara en ese momento no podría calcularle más de diez años a la chica de casi veintitrés.
Después de rociarle un poco de espray para cabello, el cual tenía brillos y olor a chicle, la levantó de la silla y la llevó de la mano hasta la mesita baja que se encontraba en medio de la habitación.
Sacó del librero un par de libros y los colocó en la mesa, también acercó la caja de crayones. Los libros eran cuadernos de ejercicios para niños pequeños, para aprender a leer, identificar formas, colores, números, etc. Dejó a la chica sentada sobre un cojín enfrente del cuaderno y sacó algunos crayones de la caja.
-Tienes que demostrarnos que eres una niña grande si es que quieres recuperar tus privilegios, como el comer alimentos sólidos, hablar o usar bañito, vas a hacer las actividades de estos libros, pero las vas a hacer bonito, si lo haces mal tendrás que repetir todo de nuevo. ¿Está claro?
Zaira se quedó viendo fijamente el cuadernillo y después levantó la cabeza para ver a su madre quien la observaba con mirada severa. Asintió con la cabeza sin sacarse el chupete de la boca y aun con el aroma a chicle del espray de cabello en sus fosas nasales.
Ambas mujeres le dieron un beso en la frente y salieron de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Zaira hojeó el libro que tenía enfrente revisando los ejercicios, había dibujos de frutas, animales y cosas simples, actividades para unir objetos con líneas, colorear y seguir los puntos de las letras y números. Tomó un crayón purpura, que era su color favorito y a punto de seguir la línea punteada para completar una enorme letra “A de Árbol” tuvo un momento de lucides.
Se volvió a sacar el chupón de la boca, esta vez no lo escupió al suelo, se lo quitó con la mano y dejó que quedara suspendido del lazo que lo sujetaba a uno de los tirantes de su jumper, se levantó del cojín y comenzó un recorrido a conciencia por toda la habitación.
Capítulo 7: Retirada táctica
El día anterior había hecho un recorrido rápido por su nueva prisión, ahora ya tenía un poco más de información acerca de cómo funcionaban las cosas, incluso había visto a sus madres manipular algunos de los objetos y muebles.
En primer lugar, fue al lugar en donde estaban los dos biberones llenos de agua, era lo único que había sobre la mesa, más un pequeño trapo doblado en una esquina, había varios enchufes enfrente, que tenían un protector para niños, pero Zaira siendo una adulta los podía mover fácilmente. Había varias puertas y cajones, pero ninguno de estos se podía abrir por más que la chica tiraba de las manijas con todas sus fuerzas, había visto a Carmen y a Lorena abrir las gavetas sin mayor dificultad, como si cada que ellas entraran a la habitación los seguros se desactivaran, seguramente eso era, así que la próxima vez que entraran intentaría abrir uno de los cajones para comprobar su teoría.
Después pasó a las repisas bajas en donde estaban todos los juguetes, muñecos de peluche y libros, todos los objetos se encontraban perfectamente ordenados y limpios, ahí no había nada extraño, eran juguetes infantiles comunes y corrientes. La mirada de la chica se detuvo en uno de los muñecos, era un perro beige, ese muñeco ella lo había tenido de pequeña, no era el mismo, pues el original se encontraba en bastante mal estado después de todas las subidas y bajadas que había sufrido al jugar durante años con la pequeña, pero el que se encontraba ahí se veía completamente nuevo, la correa se unía en un gancho cerca de la cola, lo cual lo convertía en un pequeño bolso, pues el animal tenía un cierre en el lomo que daba acceso a un bolsillo interior. Zaira lo tomó por unos momentos, recordando aquella época en donde todo era paz y diversión, sus madres la querían mucho y le cumplían todo lo que quería. Volvió a dejar al muñeco en donde estaba y pasó a la mecedora, ese lugar le daba escalofríos, pues de solo verla le recordaba los azotes que había estado recibiendo en las últimas veinticuatro horas, se llevó una mano a el trasero, recordando el dolor y el ardor de las nalgadas, pero en lugar de toparse con su ropa interior como seria la costumbre, toco el acolchado pañal, lo que volvió a despertar su humillación, pues había olvidado por completo que estaba usando pañales, estos eran tan suaves y cómodos que llegaban a hacerse imperceptibles.
Siguió caminando hacia la cuna, desde afuera empezó a buscar el mecanismo que hacía que la baranda subiera y bajara, pero no encontró nada, ni llaves, ni botones, ni lector de huella, absolutamente nada. No se explicaba como sus madres podían subir y bajar ese barandal con tanta facilidad.
Intentó abrir alguna gaveta del cambiador de pañales, pero tampoco lo logró, reviso las correas de piel e intentó romperlas, pero estas eran muy resistentes y sin nada afilado no podría hacer mucho con sus manos y dientes.
Por último, regreso a la puerta del baño, esa chapa electrónica era lo único que la separaba de tener que humillarse haciendo sus necesidades en un pañal a hacerlo en un retrete como cualquier persona, intento sabotear la manija, pero esta era muy resistente, definitivamente esas cosas no eran de uso doméstico, todas esas chapas magnéticas y de huella digital eran claramente de grado industrial.
Después de analizar con cuidado todos los elementos, sintió sed, fue a la vitrina y tomó uno de los biberones, intento abrir la tapa para quitarle la tetina y beber como si se tratara de una botella normal, pero se dio cuenta que esta estaba rodeada por un anillo metálico que hacía imposible desenroscar la tapa, dejó el biberón ahí y regresó al tapete del centro, en donde uso el cojín en el que estaba sentada minutos antes y se acostó viendo al techo.
Pasaron un par de horas y la sensación de sed regresó, resignada fue por el biberón a la barra y comenzó a tomarlo, tomó la tetina con sus labios y empezó a succionar el refrescante liquido el cual salía poco a poco del pequeño orificio, esta sensación le traía una paz inexplicable. Después de un par de minutos, terminó la mitad de la botella y regresó a la mesa, se sentó en el cojín y comenzó a hacer algunas de las actividades con mucha calma.
Zaira nunca había sido una alumna ejemplar, principalmente por su aversión a la autoridad y su afición a provocar caos. No era una bulleadora, realmente no se metía con nadie, pero tampoco nadie se metía con ella, pues era conocido entre sus compañeros que la chica sabía cómo defenderse, había repetido año en dos ocasiones por lo que a veces se desesperaba por estar con chicos menores que ella, aunque por su complexión pequeña, nadie sospechaba que era mayor, además que había estado en tantos colegios que realmente eso nunca había sido un problema.
La realidad es que Zaira era muy inteligente, probablemente se encontraba por encima de la media de los chicos de su edad, pero esto nunca había sido notado por ningún profesor debido a sus problemas de actitud, siempre se le había calificado como una alumna lenta y problemática.
Los ejercicios de los cuadernillos se le hacían absurdos y tontos, sin embargo, eran desestresantes, necesitaba algo de calma para lidiar con todo lo que estaba sucediendo, su nueva realidad y la culpa que seguía cargando, no se podía quitar de la cabeza la imagen de esa chica en silla de ruedas a la cual le había arruinado la vida y en todas las personas a las que había afectado en sus actos vandálicos anteriores que ella llamaba diversión.
Calmadamente siguió haciendo los ejercicios, hizo un par de páginas en donde tenía que dibujar las vocales siguiendo la línea punteada y colorear las imágenes de algunos objetos que iniciaban con esas letras como árbol, elefante, iguana, oruga y universo. Al terminar reviso las páginas y quedó muy satisfecha con el resultado de su trabajo, realmente había hecho esos ejercicios a conciencia, eso nunca había pasado con las tareas de la escuela, pues las pocas veces que llevaba la tarea, hacía lo mínimo indispensable y siempre sabía que podía haberlo hecho mejor. Miró con orgullo su trabajo, incluso se dibujó una sonrisa en su rostro, cuando las ganas de orinar se hicieron presentes, sabía que no había nada que pudiera hacer para cambiar su situación actual respecto al baño, así que se relajó y dejo fluir todo, escuchó como el chorro tibio aterrizaba en el suave material del pañal y este se iba hinchando poco a poco, cuando terminó esperó sentir incomodidad de la humedad en su pañal, sin embargo, apenas y notaba algo diferente, no había sido una gran descarga así que siguió como si nada, en ese momento necesitaba un cambio de pañales, pero la regla era no hablar, así que tendría que esperar hasta que sus madres regresaran para recibir su cambio.
Volvió a acostarse en el suelo, sabía que tenía que escapar de ahí, no podía soportar más esa humillación, estaba cayendo bajo el control de sus madres y eso no lo podía permitir, estaba siendo humillada y ridiculizada hasta el punto de ni siquiera poder comer comida normal y tener que alimentarse a base de leche como si fuera un lactante. Vio el libro de ejercicios que acababa de hacer, se dio asco a sí misma por haberse sentido feliz de hacer esas páginas, tomó el libro y en un ataque de ira lo despedazo mientras comenzaba a llorar incontrolablemente por la rabia, la humillación y el remordimiento.
Cómo si hubieran escuchado su llanto, sus madres entraron a la habitación, al escuchar el ronroneo electrónico del pasador de la cerradura Zaira estuvo a punto de colocarse el chupete en la boca, sin embargo, decidió que no les daría el gusto de verla sometida ante su voluntad.
Carmen llegó con la chica quien se encontraba llorando sentada en el cojín, intentó abrazarla para consolarla, pero esta le quitó las manos de encima con un grito y un fuerte manotazo, después se levantó, preparada para salir corriendo, sin embargo, una debilidad invadió su pierna derecha, otra vez ese chasquido eléctrico la dejó fuera de combate. Antes de que cayera al piso por la debilidad en la pierna, Lorena la sostuvo, la llevó cargando hasta el sillón, y la colocó boca abajo, le levantó la falda del jumper y desabrochó el arnés que sujetaba sus pañales, bajó la prenda hasta sus muslos y después de recibir un pequeño fuete rosado de las manos de su esposa comenzó con el castigo.
-¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… -resonaba el fuete sobre el trasero de la chica, quien intentaba protegerse con las manos, lo cual solo le ocacionó un fuerte ardor en la punta de los dedos, lo cual la hizo retroceder.
-¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… ¡Zaz!… – se escuchaba acompañado de un silbido en el aire con cada movimiento del delgado instrumento de castigo. Mientras. Carmen preparaba un biberón en la barra como si nada estuviera sucediendo.
La madre le subió el pañal y ajustó nuevamente los broches magnéticos del arnés, después la enderezó y hecha un ovillo la empezó a consolar y a arrullar, Zaira seguía llorando, de rabia y de dolor, Carmen le pasó un biberón tibio a Lorena quien puso la tetina en los labios de la joven, por pura inercia la chica empezó a succionar hasta caer profundamente dormida.
Despertó dentro de la cuna, aún había luz en la calle, por lo que no había pasado demasiado tiempo. Se quitó la cobija de encima y se dio cuenta que traía el chupete en la boca, lo escupió y este volvió a quedar colgando de su ropa, intentó levantarse, pero su pierna aún se encontraba algo débil y sentía ardor en las nalgas. Al ponerse de rodillas, se dio cuenta que su pañal estaba más pesado que antes, ahora si se notaba más húmedo y abultado, no lo podía creer, claramente se había orinado mientras dormía.
Estaba segura de que la guerra estaba perdida, no quería hacerse a la idea de pasar un año en esa condición, pero la fuerza bruta no estaba sirviendo de absolutamente nada, tenía que hacer un cambio de planes, una retirada táctica.
Capítulo 8: Sueños de fuga
De rodillas dentro de la cuna se puso a pensar en un plan para escapar de ese infierno, o por lo menos para cambiar la situación actual, la fuerza bruta no estaba sirviendo de nada en esta situación, era hora de usar la cabeza.
Analizó todas las posibilidades que se le ocurrieron y también todo lo que había sucedido en ese día y en el anterior. Negarse a la voluntad de sus madres solo le traía dolor y castigo, además que aumentaban las restricciones, como las correas en el cambiador o el arnés en los pañales, tenía que hacerles bajar la guardia, que se volvieran más confiadas y descuidadas en todo lo que hacían, incluso al punto en que ya no llevaran esos estúpidos controles que activaban las descargas eléctricas en su tobillera. Se acostó en la cama, para pensar en un plan de escapada, tendría que ser paciente, serian un par de semanas en las que tendría que soportar estoicamente su situación actual.
Comenzó a recordar su vida anterior, que hasta hace unas semanas era la vida normal de una adolescente sin restricciones, tenía un grupo de amigos con los que solía irse de fiesta y a hacer desmanes, se puso a pensar en ellos y de cómo no había recibido ni un mensaje ni llamada de ninguno lo cual la hizo enfurecer, inmediatamente recordó que no tenía su teléfono desde hace un par de días y entonces se calmó un poco, aunque eso no era excusa suficiente para que no fueran a visitarla a su casa, pues algunos de ellos sabían en donde vivía, aunque sus madres jamás habían dejado pasar a ninguno de ellos. Sus madres siempre habían intimidado a sus amigos, eso y el hecho de que la policía vigilaba los pasos de Zaira con la tobillera eran barrera suficiente para que ninguno de ellos se quisiera acercar al perímetro, pues la mayoría tenía antecedentes penales.
Recordó que uno de sus amigos, les contó una vez que su primo había estado en una situación similar, no respecto a los pañales obviamente, si no al arresto domiciliario. Le habían puesto una tobillera igual para que no pudiera salir de su casa, pero el primo era una especie de genio, un genio de las computadoras y la electrónica, de hecho, el arresto había sido por hackear una red de cajeros automáticos de los cuales podía hacer pequeños retiros sin que nadie se diera cuenta, lo hizo durante años, hasta que su ambiciosa novia empezó a hacer retiros más grandes que llamaron la atención del banco y así lo descubrieron. El punto es que ni el arresto domiciliario lo había detenido, el chico hackeo la tobillera de localización y con eso pudo andar a sus anchas dentro y fuera de la ciudad durante todo el tiempo de su arresto, aunque claro, mantenía un bajo perfil para poder seguir haciendo de las suyas sin que la policía se diera cuenta.
Zaira sabía que necesitaba la ayuda exterior y ese amigo y su primo eran su mejor opción, el chico era una persona muy simpática, pese a pertenecer al mismo grupo de delincuentes, siempre tenia una actitud protectora y paternal para todos los miembros del equipo, algunos de ellos llegaban a abrirse con él y contarle secretos porque era una persona confiable y sabían que recibirían un buen consejo y nunca traicionaría su confianza.
Las restricciones de la chica le prohibían el uso de su teléfono y su laptop, que seguramente estarían bajo llave en algún lugar de la cochera, tenía que conseguirlos para poder contactar a sus posibles socios de fuga.
Acostada en la cuna, mirando al juguete con muñecos colgantes que estaba suspendido a la altura de sus ojos, con el chupete colgando de un laso prendido a su ropa y un húmedo e hinchado pañal entre sus piernas, Zaira seguía planeando su plan maestro, cuando el bip electrónico de la puerta de entrada anunció que sus madres llegaban, rápidamente tomó el chupete y fingió estar dormida.
La puerta se abrió y las dos mujeres entraron a la habitación.
-Hora de la cena -dijo una de ellas mientras bajaba la baranda de la cuna con total facilidad, esta vez, Zaira presto especial atención a este movimiento, mirando por un hueco debajo de la cobija que le cubría todo el cuerpo, se dio cuenta que la mujer, antes de bajar la baranda, pasaba su muñeca por la parte inferior de esta, y notó algo, que debido a la situación actual y al estrés nunca había visto, sus madres llevaban unas discretas pulseras color ámbar en sus muñecas, pulseras que Zaira nunca les había visto usar y era esta pulsera la que la mujer pego a la parte inferior de la baranda antes de bajarla.
Carmen le quitó la cobija de encima a Zaira y la levantó de la cuna, la llevó directo al cambiador en donde recibiría un necesario cambio de pañal, Esta vez la chica no combatió ni hizo ningún movimiento innecesario, quería empezar con la docilidad que le permitiría ganar más libertad en un futuro cercano, se fijó muy bien en todo lo que Carmen y Lorena hacían con sus pulseras.
Carmen le fue colocando las correas una a una, mientras Lorena estaba tras la mujer con el control remoto del brazalete de castigo levantado en el aire, amenazando a la chica para que no intentara ninguno de sus movimientos, Zaira se mantuvo quieta, viendo todo lo que hacían, Carmen le terminó de colocar las correas de los tobillos y con ayuda de estas le levantó las piernas en el aire, desabrochó las cintas del pañal y lo bajo descubriendo un amarillento e hinchado contenido dentro de este, le levantó un poco más las piernas hasta que la espalda quedo elevada y sacó por competo el pañal, manteniendo a la chica en esa posición y tirando el pañal sucio en el bote de pañales, pasó su pulsera por el borde de un cajón que abrió sin ninguna dificultad, sacando un bote de toallitas húmedas con las que limpió a Zaira por toda la zona de sus genitales, ingles y nalgas, después usando la misma pulsera abrió el cajón del talco, de donde sacó un gran bote rosa y empezó a esparcir polvo por toda el área y las piernas, incluso un poco por la espalda baja de la chica, terminó su trabajo con el talco y abrió el tercer cajón con la misma técnica secreta, sacó un colorido pañal con un tierno dinosaurio impreso en la parte frontal y con delicadeza lo deslizó bajo sus nalgas y después bajándole completamente las piernas lo abrochó sobre su abdomen.
Lorena estaba en el armario escogiendo un lindo vestido amarillo que llevó al cambiador, le quitaron los arneses de las manos y pecho para colocarle el vestido y cuando lo tuvo puesto le quitaron el resto de las correas, una de las mujeres siempre traía el control del brazalete en lo alto para advertirle a la chica que se pensara dos veces cualquier movimiento.
-Es hora de cenar, si eres buena niña te daremos una comida rica y podrás ver un poco de televisión- dijo Lorena mientras le colocaba el chupete en la boca y lo ajustaba con el lazo a su vestido.
Ambas mujeres la tomaron de la mano, una de cada lado, Zaira caminó con ellas fuera de la habitación, era la primera vez que salía de ahí desde que todo comenzó, se fijó más de cerca en las pulseras, su nuevo objetivo, pues si tal vez no le abrirían la puerta de su habitación, si podría escapar de la cuna cuando ella lo quisiese, así que iría una cosa a la vez.
Bajaron las escaleras y llegaron a la cocina. La cocina era un espacio muy importante para Lorena pues le encantaba cocinar, esta se veía igual que siempre salvo un pequeño detalle, había una sillita alta como la de los bebés, pero un poco más grande, y además tenía unas correas para el pecho, tobillos y manos
Zaira estuvo a punto de gritar maldiciones y salir corriendo de ahí, esta era una nueva humillación a la que no estaba dispuesta a ceder, pero antes de perder el control, se calmó un poco y pensó en su plan, debía se paciente para hacer que sus captoras bajasen la guardia y poder tener más libertad para cometer el escape. Además que le emocionaba la idea de comer algo sólido, como una hamburguesa o un pollo asado, en lugar de esa leche inzipida y espesa que le daban en el biberón.
Carmen le soltó la mano mientras Lorena la guiaba a la sillita alta, la mujer quitó la charola y la invito a subir a la silla dando unas palmaditas en el asiento, mientras Carmen estaba en la parte de atrás quitando las correas con una mano y sosteniendo el control remoto en la otra. Zaira se mantuvo firme y se sentó en la silla, Lorena colocó la charola que hizo un clic magnético y Carmen le ajustó las correas en el pecho y en los tobillos.
Le ajustaron un lindo babero al cuello y Lorena fue a la cocina, en donde destapó una olla y el aroma llegó rápidamente a la nariz de la chica, olía delicioso, pues se había mentalizado a que no comería nada solido más que esa insípida leche que le daban en biberón, así que cualquier aroma a comida normal le parecía apetitoso, Lorena tomó un plato y sirvió un cucharón de una pasta espesa y color arena en el plato hondo, lo llevó hasta la sillita de Zaira y lo colocó en la charola, Carmen tomó una chuchara agarrando un poco de la mezcla que llevó a la boca de Zaira.
La chica miraba desde arriba la textura de ese alimento, era repugnante, pero olía bastante bien, Carmen le sacó el chupón de su boca y sin dejar espacio a nada introdujo la cuchara plástica en la boca de la chica empujándola un poco más de lo necesario. Por puro acto reflejo Zaira empujo la mano de su madre con fuerza, pues esta le había tocado la campanilla, e hizo que la cuchara saliera volando, no pasó ni un segundo cuando una corriente eléctrica emanó de su tobillo hasta su nalga, por la impresión Zaira golpeó el plato de comida de la charola, aventándolo por todo el suelo. Lorena le tomó las manos y se las sujetó con una correa a los laterales de la charola. Las mujeres limpiaron el desastre y se subieron a su habitación, dejando a Zaira amarrada a la silla, con el babero lleno de comida y mucha hambre.
La chica se quedó derrotada, la comida sabia realmente bien, y ella no había querido atacar a Carmen de esa manera, pero ella metió la cuchara de más sin avisar y fue solo un acto reflejo, y lo del plato había sido culpa de Lorena por haber dado la estúpida descarga eléctrica. Tenía mucha hambre, tenía ganas de gritarle a sus madres como lo había hecho antes, pero se estaba conteniendo y lo único que pudo hacer es tirarse a llorar.
Pasó un largo rato y el hambre ahora se había convertido en ganas de hacer popó, trató de aguantar lo más que pudo pero las ganas se iban acumulando, pasaron unas dos horas más hasta que no pudo contenerse, levantó un poco el trasero de la silla y comenzó a pujar, la popó empezó a salir de su cuerpo, llenando el pañal con una cálida sensación y alivio para Zaira , siguió pujando hasta sentirse completamente aliviada y sin pensarlo volvió a sentarse en la silla, cosa que lamentó en ese mismo segundo, pues sintió como todo el contenido suave y tibio se comenzaba a esparcir por sus nalgas, no alcanzó a pensar en nada más porque en ese mismo momento aparecieron las mujeres de nuevo frente a ella.
-Debes tener mucha hambre, pero por lo visto no estas preparada para la comida de niña grande -dijo una de las mujeres mientras retiraba las correas de la sillita alta. -Vamos de regreso a tu habitación a darte tu biberón y cambiarte ese apestoso pañal.
Las tres mujeres subieron de nuevo a la habitación de Zaira, la ataron al cambiador con las correas, en lo que Lorena le cambiaba el pañal, Carmen preparaba dos biberones. De nuevo Zaira se mantuvo dócil y atenta a todos los movimientos, pudo confirmar que también las gavetas del mueble de los biberones se abrían gracias a las pulseras, se preguntaba si las puertas de entrada y del baño se podrían abrir también con la pulsera o eran solamente con la huella digital.
Lorena le quitó el pañal y limpió sus nalgas a conciencia, pues al sentarse en la silla había esparcido toda la popó por su trasero, después de usar muchas toallas húmedas optó por limpiarla de otra manera.
-Voy a darle un baño a la niña, hizo un gran desastre en ese pañalito suyo- le dijo a su esposa mientras quitaba las correas de Zaira y la bajaba del cambiador, completamente desnuda y con las nalgas aun con rastros de suciedad.
Lorena le quitó el vestido a la chica mientras Carmen las veía desde la entrada del baño con el control en mano, Zaira cooperaba con los movimientos de su madre para desvestirla y para meterla en la bañera, incluso chupaba cómodamente su chupete mientras esto sucedía, hasta que al entrar a la tina la mujer se lo quitó de la boca, Zaira estuvo a punto de protestar, pues el chupete le estaba generando calma después de esa situación tan estresante, pero rápidamente razonó lo que estaba sucediendo y se detuvo.
Después de un relajante baño empezó a sentir hambre de nuevo, además de que ya estaba empezando a dormitar. Las mujeres la sacaron de la bañera envuelta en una toalla con dibujos infantiles y la colocaron en el cambiador. Le pusieron su pijama y un esponjoso pañal blanco, este era completamente liso, sin ningún dibujo, pero más abultado que los demás, debido a esto les costó un poco colocar el mameluco rosado, pero al final quedó bien puesto. Zaira seguía dormitando, en especial por la crema y loción que sus madres le colocaron después del baño, esos aromas la relajaban bastante, y si le hubieran puesto el chupón seguro que caía dormida en ese momento.
Carmen se sentó en el sillón con un par de biberones y un babero en las manos, Lorena llevó a su hija hasta el regazo de su madre la cual le colocó el babero y le puso la tetina de uno de los biberones en la boca. Zaira empezó a succionar el alimento líquido, que, si bien era insípido, estaba tibio y le calmaba el hambre. Terminó el primer biberón rápidamente y Carmen le puso el segundo en la boca, mientras le limpiaba las comisuras de los labios con el babero. Casi a punto de terminar el segundo biberón Zaira cayó dormida, sus madres le limpiaron la boca, le quitaron el babero y pusieron un chupete en su boca. La depositaron en la cuna y salieron de la habitación.
Capítulo 9: Bajar la guardia
Un nuevo día, un nuevo plan.
Zaira se despertó muy de buenas, como nunca se había despertado en la vida, había descansado bastante bien, y se sentía alegre. Tal vez sus madres le echaban alguna especie de droga a su leche para que estuviera feliz, pero la realidad es que estar desintoxicada de alcohol, drogas, tabaco, desvelos, adicción a la pantalla y comida chatarra, empezaban a notarse, incluso en su aspecto físico se veía un tanto más joven de lo que ya era y no solo por el chupete y los pañales.
Estiró los brazos y una sonrisa en la boca hizo que se le cayera el chupón de los labios, el cual recupero rápidamente y lo volvió a poner en su lugar, no por miedo a que sus madres la vieran sin el chupete en la boca, más bien era un gusto que ya le estaba adquiriendo. Se quitó las cobijas, pues empezaba a tener un poco de calor, sintió ganas de orinar y casi sin pensarlo empezó a dejarlo salir, su cuerpo aún tenía el control, pero poco a poco estaba dejando que el cuerpo hiciera lo suyo sin muchas barreras. Sintió que terminó de orinar y se puso de pie, tenía hambre, no sabía qué hora era pero la luz ya se filtraba por las ventanas, como tenía el chupón en la boca y tenía prohibido hablar, empezó a golpear con las palmas los barrotes de la cuna para que sus madres fueran por ella y le dieran su biberón de la mañana y con suerte una rica papilla.
Pasaron algunos días y Zaira seguía perfeccionando su rutina, se habían acabado los berrinches y las agresiones, ya no les gritaba a sus madres, en realidad es que apenas y decía alguna palabra que no fuera mamá, agua, hambre, etc. Empezaba a hacer que las mujeres bajaran la guardia.
Después de varios días, ya no le ponían el cinturón a sus pañales y tampoco las correas para el cambiador, podía comer en la sillita alta de la cocina comida sólida, aunque cortada en pequeños pedazos y sin usar cubiertos. La dejaban ver televisión en la sala de estar, aunque solo programas preescolares a los que les empezó a agarrar gusto y cariño pues no eran programas nuevos, eran más bien los que ella veía de niña, parecía que sus madres habían ensayado en cada detalle de aquella nueva vida.
Las mujeres empezaron a dejar a Zaira andar por toda la casa con cierta libertad, ya que las puertas de los baños tenían cerraduras con huella digital al igual que las ventanas y las puertas de entrada y del jardín, tampoco podía entrar a la habitación de sus madres ni a algunos otros sitios de la casa por la misma razón.
Desde hace ya tiempo que no recibía ninguna descarga en su tobillera, aunque el control remoto seguía estando presente cuando sus madres estaban con ella, ahora ya solo era una la que lo llevaba y no siempre lo tenían en la mano como al principio.
Sus días eran bastante rutinarios, pero por primera vez se empezaba a sentir mejor, llevaba semanas sin tomar alcohol, cigarros o drogas, tenía un horario de sueño saludable y sus alimentos también tenían horarios y eran nutritivos, se sentía más lúcida y despierta, dejó de tener esas terribles migrañas que solían atormentarla y el insomnio que a su corta edad ya había aceptado como parte de su vida. Este estado de lucides la hacía pensar mejor, y esto la estaba llevando a idear un plan de escape. El primer paso: contactar a sus socios de fuga.
Después de planearlo meticulosamente, llegó el día de la primera fase del plan. Después del desayuno y su respectivo cambio de pañales, sus madres la llevaron a la sala a ver sus caricaturas en lo que ellas trabajaban, las había estado estudiando los días anteriores, y sabía que, después de dejarla en el sillón de la sala de estar, Lorena se iba a su estudio por unas dos horas hasta que salía al jardín a fumar, mientras Carmen estaba fuera trabajando y llegaba a la hora de la comida.
Lo primero que tenía que hacer era recuperar su teléfono para poder tener contacto con el mundo exterior, si lo habían escondido en algún lugar era en la oficina de Lorena. Esperó pacientemente a que su madre saliera al patio a fumar, lo que le daba exactamente siete minutos antes de que la mujer regresara. Sentada sobre su acolchado y recién humedecido pañal, chupando plácidamente su chupete, esperó pacientemente hasta que Lorena salió de su oficina y cerró la puerta del jardín para que el humo del cigarro no se metiera a la casa, mientras ella fingía estar absorta en la televisión.
Se levantó como impulsada por un resorte, tomando el perro de peluche que había estado llevando consigo a todos lados los días anteriores, ese muñeco en realidad era una pequeña mochila en forma de perro, uno exactamente igual al que ella tenía de niña, le había quitado la correa para usarlo solo como muñeco de peluche en lugar de bolsa, lo empezó a usar como su muñeco preferido desde hacía varios días para no levantar sospechas al momento de realizar la primera misión.
Rápida pero discreta, entró a la oficina, que pese a tener cerradura de huella, Lorena solía dejar emparejada en lo que salía a fumar, Empezó a buscar por todos los muebles y repisas en busca de su teléfono, lo primero que encontró fue un cargador que tomó sin pensarlo dos veces, pues si encontraba su teléfono, este seguramente se encontraría sin batería después de tantos días sin uso.
Se asomó por la puerta en dirección al patio, ahí seguía su madre fumando, viendo hacia el otro lado del jardín con una mano cruzada sobre su pecho, la típica pose que hacia todos los días, siguió buscando sin éxito por los libreros hasta que empezó a hurgar en los cajones del escritorio, ninguno de ellos tenía su tesoro, siguió revolviendo papeles y cajones y sin estarlo buscándolo y casi pasándolos por alto, encontró varios librillos dentro de un cajón, no les prestó importancia al principio, pues en su mente solo estaba encontrar su teléfono móvil, pero su subconsciente hizo que regresara la mirada a estos y le prestara más atención.
Estos libritos eran los manuales de uso de todos los seguros y chapas de cajones, gavetas y puertas electrónicas que estaban por la casa, los tomó sin revisar detenidamente, pues el tiempo seguía corriendo y aún no había ni rastro de su objetivo, siguió abriendo los cajones hasta que llegó a uno que estaba cerrado con llave, a diferencia del resto de la casa, este no era un seguro electrónico, era una llave común y corriente como la de cualquier escritorio, retomando sus habilidades callejeras, agarró dos clips del escritorio con los que improvisó un par de ganzúas, antes de meterlos por la cerradura, se asomó de nuevo al reloj de la sala, ya habían pasado casi cuatro minutos, el tiempo se le terminaba, pero estaba casi segura de que su preciado tesoro se encontraba en ese cajón. Introdujo las ganzúas improvisabas y comenzó a forzar la cerradura, los movimientos eran muy nerviosos, pero no era nada que no hubiera hecho anteriormente, siguió intentando mientras el sonido del segundero se hacía cada vez más fuerte y parecía que resonaba en toda la casa. El sudor le escurría por la frente, sentía incluso los parpados húmedos pese a que el clima de la casa estuviera encendido y la temperatura en realidad era fresca. Cuando vio que habían pasado casi seis minutos, estuvo a punto de desistir para regresar a su sitio y que su madre no notara nada, pero de pronto, el dedo que sostenía el clip que la hacía de palanca dio un giro y se escuchó el dulce clic, el preciado sonido que a cualquier picador de candados le hacía liberar un disparo de dopamina. Abrió el cajón y empezó a hurgar entre todos los documentos que había allí dentro pero no encontró nada más que un par de fajos de billetes, que en otro tiempo serian la gloria, pero en ese momento no le servirían para nada, pensó en tomarlos, pero seguro que Lorena se daría cuenta, así que los dejó en su lugar, a punto de cerrar el cajón y salir disparada al sillón vio el reflejo negro inconfundible de una pantalla de celular al fondo del cajón, lo abrió por completo y ahí estaba, su preciado teléfono, con sus marcas de desgaste y caídas, pues Zaira no era la persona más cuidadosa con sus cosas, pero al tenerlo en sus manos, supo que ese objeto al que antes lo trataba como cualquier cosa, pues sabía que si lo perdía sus madres le comprarían uno nuevo, era ahora su salvación.
Cerró el cajón con cuidado y regresó la cerradura a su posición original dispuesta a salir disparada hacia el sillón, pero justo en ese momento el inconfundible sonido de la puerta corrediza del patio cerrándose llegó a sus oídos. Se le paralizó el cuerpo y un chorro tibio empezó a llenar su húmedo pañal, ahora sí, y por primera vez, de manera involuntaria.
Estaba aterrada, sabía que si Lorena la descubría en su oficina sería su fin, recordó las dolorosas y humillantes nalgadas que había recibido los primeros días de su castigo, y también pensó en todo el progreso que había logrado con sus madres, haciendo que bajaran la guardia, ahora serían mucho más estrictas, regresarían los arneses y los choques eléctricos. Escuchó los pasos de Lorena que se dirigían a su oficina, ya no podía salir sin ser descubierta, tenía que pensar rápido, se aseguró que su reciente botín se encontrara al resguardo dentro del perro de peluche, el tiempo pasaba demasiado rápido y no tuvo más remedio que ponerse en cuclillas y pujar.
Lorena entró a su oficina y vio a su hija veinteañera hincada en el suelo, usando un lindo vestido celeste que dejaba ver su hinchado pañal con diseños de chupones y sonajas del mismo color del vestido, un perro de peluche sostenido en su mano derecha y los ojos llorosos, la mujer estuvo a punto de gritarle cuando un conocido aroma llegó a su nariz.
-Mami, popó, pañalito – Dijo Zaira con un puchero en la cara sin quitarse su chupete de la boca haciendo que sus palabras sonaran aún más infantiles de lo que ya eran.
-Ay mi cielo, sabes que no debes entrar a la oficina de mami – le dijo mientras la ayudaba a levantarse y acercaba su nariz a las nalgas de la chica para olfatear su pañal. – Creo que alguien necesita un cambio urgente, ¿Verdad? Acompáñame al cambiador, pero ni creas que te salvaras de esta travesura.
Madre e hija salieron tomadas de la mano de la oficina de Lorena y subieron las escaleras, a la chica se le dificultaba un poco pues su pañal estaba bastante lleno de pipí y popó, Zaira había pensado con rápides y sabía que la única manera de justificar que estaba en la oficina de su madre era fingiendo que la había ido a buscar para que le cambiara el pañal después de haberlo ensuciado. A Zaira ya no solía molestarle traer el pañal mojado o sucio, pues por indicación de sus madres, ella no tenía que avisar, ellas le revisarían y decidirían si era necesario o no un cambio, esos pañales solían aguantar mucho, hasta unas doce horas de pis, sin embargo cuando se hacía popó, se lo cambiaban en cuanto lo notaban, pues traer la popó embarraba podía ser perjudicial para su piel y salud.
Llegaron a la entrada de la habitación, Lorena abrió usando su huella digital y tirando de la palanca hacia abajo, entraron y el aroma a talco de bebé y loción infantil opacó la estela de olor a popó que emanaba del trasero acolchado de Zaira.
Lorena subió a su hija al cambiador y como en los últimos días, no le colocó las correas que al principio le colocaba, le levantó el vestido hasta el pecho y comenzó a desabrochar las cintas de velcro del pañal.
Bajó la parte delantera exponiendo todo el desastre que había funcionado de distractor, levantó las piernas de la chica y comenzó a limpiar con toallitas húmedas las pompis sucias que con cada pasada recuperaban su color original. Quitó el pañal y lo puso a un lado, terminando de limpiar toda la zona y dejando las toallitas sucias dentro del pañal recién quitado, lo hizo bolita y lo hecho en el bote de los pañales sucios. Terminó de limpiar a conciencia toda el área genital de su hija, le bajó las piernas y la sentó en el cambiador para posteriormente bajarla y ponerla de pie, desnuda a un lado del mueble.
Zaira estaba desconcertada, normalmente después de la limpieza con toallitas húmedas, seguía una fresca capa de crema anti-rozaduras, una generosa porción de aromático talco, un pañal fresco y suave y un poco de loción de bebés en caso de ser necesario. Pero ahora Lorena la había dejado completamente desnuda. Por un momento pensó que la metería a bañar, pero la había limpiado bastante bien con las toallitas, además no había hecho demasiada popó, apenas un poco, pues fue una situación de emergencia, entonces la mujer empezó a llevarla del brazo hasta el sillón, y esto solo significaba una cosa.
-Quiero que seas niña buena y aceptes tu castigo por haber entrado a un lugar prohibido de la casa – Le dijo la mujer tratando de controlar la situación.
Lorena había olvidado el control del brazalete, pues desde hacía varios días que ya no lo utilizaban y Zaira ya se había dado cuenta de eso, la chica claramente le podía ganar un combate cuerpo a cuerpo a su madre, pero esto no la conduciría a nada, pues estaba encerrada en su habitación, tal vez podría obligarla a abrir la puerta de su recamara, incluso la de la entrada y la puerta exterior, pero se encontraba desnuda, seguramente Lorena había pensado en dejarla lo más vulnerable posible, pues ya sabía de su clara desventaja en ese momento.
Zaira estaba en medio de una situación complicada, por un lado no quería recibir los azotes que venían, y claramente podría escapar de esa situación, pero no podría hacer nada más, tenía que aprovechar ese momento, para hacerles creer a sus captoras que ahora tenían el control total sobre de ella, así sería mucho más fácil ejecutar un buen golpe de escape, con las defensas completamente bajas, pero al mismo tiempo, sus deseos de escapar de la prisión y el momento que le había regalado el destino, podía ser aprovechado. Todo esto pasó en un par de segundos en la mente de la chica, sin embargo, su lucidez le hizo tomar la decisión más inteligente.
-Pero mami, tenía popósita en mi pañal y te estaba buscando para un cambio -Dijo sin quitarse el chupete de la boca, intentando sonar lo más infantil e inocente posible.
-Lo sé nena, pero ya sabes las reglas, nosotras te revisamos pañalito, tú no, cuando empecemos el entrenamiento para aprender a usar el bañito ya tendrás que avisar, pero no nos adelantemos, aun no es el tiempo de hacerlo. Ahora ven con mami.
La mujer se sentó en el sillón y sin soltar la muñeca de la chica la jaló hacia si, Zaira actuó con estoicismo, pese a saber que podía someter a su madre con la fuerza, acepto su destino, para ganar la confianza de sus captoras y poder andar a sus anchas por la casa. Antes hubiera ido por la satisfacción inmediata, pero esta vez empezaba a pensar a largo plazo.
-Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… – Se escuchó después de que la chica fuera puesta con el pecho y abdomen desnudos sobre las piernas de su madre.
– Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… – Se seguía escuchando el aterrizaje de la mano sobre el desnudo trasero de la muchacha, que iba perdiendo su color carne y suavidad como la piel de un durazno y se tornaba más a la de un tomate rojo y brillante.
– Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… – Las lágrimas empezaron a brotar de los ojos arrepentidos de la chica, no se arrepentía en haber entrado a la oficina, si no en elegir los azotes sobre el combate físico.
– Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… – Terminó el castigo.
Sin poder ver bien por la humedad acumulada en sus ojos, Zaira fue conducida de nuevo al cambiador, en donde su rojo y caliente trasero sufrió al sentarse, pero inmediatamente se alivió al ser levantado en el aire y ser humectado con fresca crema anti-rozaduras.
Lorena colocó un pañal esponjoso y blanco debajo de las pompitas recién sometidas de su hija, le colocó el chupete, y depositó en la cuna a la muchacha semi desnuda, la cual solo estaba usando un pañal y un chupete. Cerró las cortinas y apagó las luces, era hora de la siesta.
Capítulo 10: Investigación
El perro de peluche, que contenía su reciente botín había quedado afuera de la cuna, La chica lo arrojó al montón de peluches del otro lado de la habitación justo cuando entró con su madre, para que esta no tuviera oportunidad de agarrarlo, pues claramente notaria que había algo escondido dentro, pues los librillos eran estorbosos y el teléfono pesado en comparación al relleno de peluche.
Intento sentarse en la cuna, pero el trasero le ardía como hace mucho no sentía, no recordaba cuando había sido la última vez que había recibido ese tipo de castigos, tal vez fue hace dos o tres semanas, la percepción del tiempo también había cambiado mucho, pues aunque tenía un reloj en la sala y otro en la cocina que podía ver cada que estaba en alguno de esos espacios, no había un calendario visible en la casa, así que no sabía ni que fecha era, pero calculaba que algún día de agosto o septiembre.
La habitación estaba en penumbra y ella no podría salir de la cuna, así que lo único que pudo hacer fue arroparse debajo de las cobijas y esperar a que fuera la hora de la comida.
Carmen y Lorena la trataron muy bien durante la comida, le dieron nuggets de pollo y sopa de verduras, todo directamente en la boca con cubiertos de plástico, a Zaira le empezaba a gustar esto de ser mimada y consentida, sin embargo, los castigos físicos y la restricción de no poder decidir nada, ni siquiera ir al baño o bañarse por sí misma, no valían la pena en lo absoluto.
Terminando de comer, Zaira esperaba poder subir a su habitación inmediatamente, pero Carmen dijo que era momento de que le diera un poco el sol, pues se estaba poniendo muy pálida, y además eso no era bueno para la salud, hasta ese momento no la habían dejado salir a ninguno de los dos jardines, seguramente porque tenían miedo de que Zaira se pusiera a gritar y atrajera la atención de los vecinos, pensaba que aunque la policía no la ayudaría para escapar, si podrían decirle algo a sus madres sobre el trato que le estaban dando, así que no se iban a arriesgar a ser descubiertas. Pero debido al comportamiento manso de los últimos días, pensaban que no habría riesgo de una escena, además siempre estaba el brazalete de choques para controlar cualquier situación emergente.
La chica estaba ansiosa por poder subir a su habitación y utilizar su teléfono, pero no quiso contrariar a las mujeres y además tenía muchas ganas de poder sentir la brisa fresca y el pasto bajo sus pies. Vestida con un overol de mezclilla que tapaba por completo su pañal, pero con broches interiores para poder acceder a él fácilmente y una camiseta anaranjada, salió al jardín, en el cual habían sido montados algunos juegos infantiles, pero de un tamaño mayor, incluso había un cajón de arena y varios juguetes más repartidos en el área.
Zaira tuvo paciencia, pensaba en solo estar un pequeño rato en el jardín y después fingirse cansada para que la regresaran a su habitación, pero tampoco quería verse muy obvia pues las mujeres podrían sospechar algo.
Al salir de la mano de sus madres, sintió la brisa sobre el rostro y el sol calentando sus mejillas, dio un profundo respiro y se sintió muy alegre, muy viva, en ese momento una descarga de tibia pipí escapo de su vejiga y fue depositada en su pañal, era la segunda vez que lo hacía completamente involuntaria, la rápida absorción del pañal hizo que ni siquiera se diera cuenta de lo sucedido, se echó a correr a los columpios y empezó a mecerse mientras sus madres la veían sentadas desde un par de camastros en donde convenientemente había un par de libros.
Zaira pensó que debía darles a sus madres la satisfacción de verla jugar en el jardín como una niña pequeña, para que al momento de decir que estaba cansada y quería regresar a la habitación fuera algo creíble, se la paso corriendo de un lado al otro, jugando con la cuerda de saltar y con el hula hop. Pateando y lanzando las pelotas al aire e intentando atraparlas de vuelta, aunque al principio lo hizo para fingir, en algún momento olvidó que estaba fingiendo y comenzó a disfrutar de sus juegos.
El sol se empezaba a ocultar, el tiempo se le había pasado demasiado rápido, incluso por un momento olvido la importante tarea que le esperaba en su habitación, durante ese rato se había bebido dos biberones con jugo de naranja y comido dos galletas de chocolate. Cuando sus madres la llamaron para meterse a la casa, aventó por última vez la pelota al cielo y al seguir su trayectoria para ver en donde iba a caer, se fijó en algo que sobresalía de la cornisa de la casa, una cúpula negra sobre una base blanca, una cámara de seguridad, algo bastante normal en los exteriores de las casas, pero lo que le llamó la atención es que ese era el patio interior de la casa, y además ellas nunca habían tenido cámaras de seguridad, ese aparato había sido colocado recientemente.
Caminó hacia sus madre un poco desconcertada, pensando seriamente en esa cámara, las tres se tomaron de la mano y subieron a la habitación. En el camino se puso a pensar en que seguro que había más cámaras dentro de la casa, por eso siempre llegaban en momentos muy oportunos, como cuando llegaron a la cocina justo cuando ella acababa de hacer popó en su pañal sobre la sillita alta, seguro había cámaras dentro de su habitación, era lo más lógico, debían tenerla vigilada en todo momento, en la sala, la cocina y en la recamara. Sería posible que la cámara la hubiera visto entrar a la oficina de Lorena, y aunque la puerta estuvo casi cerrada y a menos que hubiera una cámara dentro de la oficina, cosa que dudaba mucho, pues no era un espacio en el que ella pudiera entrar, probablemente no se hubiera alcanzado a ver lo que hizo, sin embargo el tiempo que estuvo dentro no coincidiría con el pretexto de haber ido a buscar a Lorena por un cambio de pañal, pues claramente ella había corrido a la oficina en cuanto Lorena salió al jardín.
Preocupada entro a su habitación de la mano de sus madres, quienes la subieron inmediatamente al cambiador y le quitaron el overol que estaba lleno de tierra y pasto, evidencia de que la diversión había sido genuina, después le quitaron la camiseta dejándola solo en su pañal el cual era notorio que había cumplido con su función.
-Si que te divertiste verdad nena, ve toda la pipí que hiciste, esos dos biberones de jugo sí que fueron necesarios. -Le dijo Carmen mientras le abría las cintas del pañal.
Zaira hizo una cara de preocupación que el chupete dentro de su boca pudo disimular, ella no había sentido haber orinado en toda la tarde de juegos, ni siquiera había sentido ganas de orinar, por fin, había perdido todo el control de su vejiga, esperaba que solo fuera el de la vejiga y no del intestino también.
Lorena estaba preparando la bañera que ya empezaba a llenar con vapor y aroma a lavanda la habitación entera, ese jabón relajante para niños se había convertido ya en un condicionante el cual le provocaba bastante sueño a Zaira, tenía que ser fuerte, pues aún había que encender el teléfono para iniciar con el plan de fuga.
La chica recibió su correspondiente baño relajante de burbujas, otra de las comodidades indiscutibles de ser mimada como una bebé, sin embargo, la reciente perdida de la capacidad de sus esfínteres seguía poniendo en la balanza esa vida de atenciones contra la libertad que gozaba antes de su encierro.
Envuelta en una suave toalla fue puesta sobre el cambiador en donde recibió la correspondiente aplicación de crema humectante con el mismo aroma relajante a lavanda y lechuga, una buena capa de crema anti-rozaduras y una espolvoreada de talco antes de un suave, blanco y acolchado pañal.
La rutina del baño la estaba adormilando como siempre y para cuando le daban su biberón de la noche estaba casi dormida, solo con fuerzas suficientes para terminar en la cuna y despertar muy feliz al día siguiente, pero esta vez no podía darse ese lujo. Luchando contra su propio cuerpo, y por la emoción de sus recientes descubrimientos, se mantuvo muy despierta.
-Mami, ¿Puedo hacer unos dibujos antes de mi biberón de las buenas noches? -Preguntó esperando que la pudieran dejar sola, aunque sea unos minutos para recuperar el botín de su atraco e investigar un poco acerca de su reciente sospecha sobre las cámaras dentro de la casa.
-Está bien nena, pero solo un ratito en lo que mamis se dan un rico baño también – Ambas mujeres se vieron con ojos de complicidad.
Vestida con una pijama rosa de una sola pieza con dibujos de conejos y nubes, Zaira se sentó en el tapete de la recamara cerca de la mesita en donde estaban los libritos de colorear y las pinturas y crayones. Las mujeres salieron de la habitación y el sonido del cierre automático de la chapa le avisaba a Zaira, que era el momento preciso de iniciar su investigación. Esperó algunos segundos que se le hicieron eternos, mientras hojeaba las páginas de los libros y tomaba algún crayón para simular que empezaría a colorear, pasando ese tiempo y asegurándose que sus madres no regresarían inmediatamente, fue directo a la pila de peluches de la esquina del cuarto y tomó al perro, y otro juguete más, rápidamente los llevó a la cuna y los ocultó debajo de las cobijas.
Regresó a la mesa en donde se puso a observar detenidamente las esquinas del techo y paredes buscando algo sospechoso, algo que pudiera estar escondiendo una cámara o micrófono. Todo parecía bastante normal, nada levantaba la menor sospecha. De pronto cayó en cuenta de que si la estaban observando a través de las cámaras, sería algo obvio lo que estaba haciendo, así que tomó otro de los muñecos de peluche de la pila y comenzó a arrojarlo a distintos lados de la habitación, como si estuviese jugando, y cada que iba a levantarlo, aprovechaba para examinar un poco aquel rincón.
Después de un rato de estar buscando sin éxito se dio por vencida, Aunque no hubiera encontrado nada, sabía que lo más seguro es que estuviera siendo observada en todo momento.
No podía más con las ganas de revisar su tesoro, encender su teléfono y poder pedir ayuda para escapar de esa prisión, ya había perdido el control de la pipí, no estaba segura si de la popó también, pero le aterraba averiguarlo. No podía estar sin el chupete mucho tiempo pues le empezaba a causar ansiedad y ya le estaba agarrando gusto a colorear con crayones y ver shows preescolares en la televisión. Tenía que escapar de esta dulce y tierna prisión.
Iluminada por su reciente lucides, terminó rápidamente el dibujo que estaba coloreando y lo dejó sobre la mesa, tomó uno de los juguetes que estaban sobre la repisa y se metió a la cuna, la cual tenía la baranda abajo, se ocultó bajo las cobijas y comenzó a inspeccionar el contenido de su atraco.
La luz estaba encendida, así que se filtraba suficiente a través de las sábanas color rosa pastel. Abrió el cierre de la espalda del muñeco de peluche y extrajo el paquete de librillos engrapados que dejó a un lado, después tomó el teléfono y oprimió fuertemente el botón de encendido durante un par de segundos. La pantalla se iluminó y una sensación de emoción le revolvió el estómago, una manzana color blanco apareció en la pantalla, seguida de una fuerte vibración para concluir con la pantalla de nuevo oscura, un inservible espejo negro que mostraba la mirada fija de una niña con su chupete.
Claro que el teléfono ya no tenía batería, seguramente sus madres no lo habían apagado al quitárselo, únicamente lo guardaron en el escritorio y pasados los días el aparato se apagó por sí solo al quedarse sin batería.
Se asomó por debajo de las sábanas, cerciorándose de que sus madres no llegaran, se quitó los cabellos del rostro y se volvió a ocultar debajo de las sábanas, no era la posición más cómoda, pero por lo menos garantizaba de que nadie pudiera ver lo que estaba haciendo.
Pasó ahora con el paquete de librillos, si bien el teléfono era su salvación segura, aún tenía que averiguar cómo ponerlo a cargar sin que sus madres se dieran cuenta. Agarro el primer manual que estaba dentro de una bolsita de plástico transparente en donde había algunos papeles más pequeños, aparentemente tickets o la póliza de garantía, en la portada se veía una especie de caja color blanco con dos partes, un pequeño llavero negro y el dibujo de unas ondas con las letras “NFC” en la parte de arriba, lo empezó a hojear y se dio cuenta que era el manual de instrucciones de todos los seguros que bloqueaban los cajones de los muebles de su recamara. Siguió ojeando y confirmo que esos broches se abrían al pasar una especie de llavero por encima, sin embargo lo que sus madres pasaban era unos brazaletes de cuentas color ámbar, siguió leyendo y confirmó que cualquier dispositivo con esa tecnología “NFC” se podía programar para abrir las cerraduras, al final del librito venia el contenido del paquete y descubrió que venían dos llaveros programados incluidos, busco en la bolsa plástica y obtuvo su primera victoria; uno de los llaveros que abrían todas las cerraduras. Quiso probarlo en ese momento pero no quería arriesgarse a tirar todo su trabajo por la borda al ser descubierta. Se volvió a asomar por debajo de las cobijas, aún no había señal de las mujeres.
Tomó el llavero y lo metió en la bolsa del perro de peluche, pasó al siguiente librillo y este era el manual de las chapas de huella digital que había por toda la casa, en su recamara, su baño, la oficina, el cuarto de sus madres y las puertas de entrada y del jardín. Lo reviso de manera rápida y descubrió que esas chapas se podían abrir no solo con huella, también con una contraseña numérica que se ponía en un pequeño teclado luminoso. Había una contraseña por defecto, que el fabricante recomendaba cambiar en cuanto se empezaba a usar, memorizó la contraseña, esperando que sus madres no la hubieran cambiado, cerró el manual y paso al siguiente.
El siguiente tenía en la portada un oso de peluche que decía “Nanny cam”. Ahí estaba la respuesta. La cámara de su cuarto estaba escondida en un muñeco de peluche, se asomó otra vez y miro en dirección a la pila de muñecos de la esquina, y hasta arriba de todos, sobre una repisa, estaba el mismo oso que aparecía en la portada de su libro, había dado con el soplón, la cámara que podía verlo todo dentro de su habitación y avisaba a sus mamis cuando la niña se portaba mal. Leyó el instructivo y lo más relevante que encontró es que la cámara se conectaba a través de la red wifi y podía ser visto en cualquier dispositivo configurado para este propósito, también que las baterías tenían que ser remplazadas cada catorce días y que contaba con visión nocturna. Siguió revisando los demás librillos y también eran de cámaras escondidas de la misma marca.
Pasó al último, este era más grueso que los demás, no había tantas imágenes, lo empezó a leer y descubrió que se trataba de su brazalete de choques eléctricos.
Reviso algunas de las indicaciones y descubrió que el dispositivo tenía un cierre de seguridad que solo podía abrirse con una llave magnética codificada, la busco por todas partes para ver si estaba ahí como la de las cerraduras de los cajones, pero no encontró nada. También confirmó que era resistente al agua y que su batería aguantaba hasta doce meses y que se recargaba por si sola con la temperatura corporal y el movimiento.
Escuchó el sonido magnético de la puerta de la recamara, ocultó todos los libros debajo de la almohada y el teléfono con el cargador y el llavero en la mochila de perro, se quedó debajo de las cobijas y fingió estar dormida.
Escuchó hablar por lo bajo a sus madres y después de escuchar la baranda de la cuna subiendo lentamente, la luz del cuarto se apagó.
Dejó pasar un par de minutos y sacó la cabeza de las cobijas, estaba segura de que la cámara tenía visión nocturna, pues el manual lo decía, para seguir investigando tomó el juguete que había llevado a su cama, era una pequeña linterna que proyectaba dibujos, pero si le quitabas los cartuchos de los dibujos era una linterna normal.
Se puso la cobija por encima de las sábanas para que la luz no se filtrara y el pequeño oso soplón no la delatara.
Capítulo 11: Fase uno
A la mañana siguiente despertó con su madre quitándole las cobijas de encima para bajarla a desayunar, no se había despertado por si sola como los últimos días, pues la noche anterior se había desvelado estudiando minuciosamente los manuales de cada aparato y elaborando un plan de escape, antes de dormirse echó todas las cosas dentro de la mochilita y discretamente la colocó debajo de la cuna por la parte de atrás.
Lorena sacó a su hija de la cuna y la llevó a la cocina en donde la esperaba su rutina matutina de los últimos días: un rico desayuno a base de papilla de frutas y verduras, huevos revueltos y leche, un cambió de pañal y un poco de televisión y juegos interactivos antes de la siesta de la mañana.
A diferencia de las mañanas anteriores, Zaira no tenía ganas de orinar, pensó que era porque seguramente ya se había orinado durante la noche, cosa que confirmó durante el primer cambio de pañal después del desayuno. Esto ya no le estaba gustando nada. Ahora, si escapaba, seguiría siendo prisionera de los pañales, aunque tal vez podía volver a aprender a controlar su cuerpo, pero esto sería algo de lo que se preocuparía después.
Llegaba la hora de la siesta y Zaira empezaba a tener sueño, la rutina la había condicionado bastante y estaba perdiendo el control de algunas funciones, sin embargo, se sobrepuso a esto y en cuanto fue llevada a la cuna, los barrotes fueron levantados, la luz apagada, las cortinas echadas y la puerta cerrada, empezó la primer fase del plan.
Discretamente estiró la mano por los barrotes, tomó el perro de peluche del suelo y lo subió a la cama. La noche anterior, estudiando los manuales de cada aparato descubrió que la cámara de oso grababa video, pero solo a través de una memoria que estaba dentro del aparato, como la memoria extraíble de cualquier cámara o teléfono. Sabía que había posibilidad de que alguna de sus madres estuviera vigilando las cámaras, pero lo más seguro es que estuvieran ocupadas en su trabajo, además que la confianza que había estado trabajando en ellas las últimas semanas serian suficiente para que paulatinamente dejaran de supervisarla tanto.
Tomó el pequeño llavero y lo colocó en el sitio en donde había visto que sus madres ponían sus pulseras ámbar para bajar los barrotes de la cuna, después de un par de intentos se escuchó un clic magnético y pudo bajar la baranda, lo hizo con mucho cuidado para no hacer más ruido del necesario. Una vez se bajó completamente la baranda y esperado un tiempo prudente para asegurarse de que nadie entraría, fue corriendo directamente al oso de peluche, lo puso boca abajo para que la cámara no registrara nada, retiró la memoria de la ranura, dejó el muñeco boca abajo y paso a lo siguiente.
Como si se tratara de una rutina ensayada o practicada muchas veces, fue directamente a los enchufes del mueble en donde se encontraba el calentador de biberones y conecto el cargador del teléfono, pasaron unos segundos antes de que la pantalla se iluminara y empezara a mostrar el porcentaje de carga: 1%.
Corrió a la puerta del baño y confirmó que la contraseña por defecto le servía para abrir la cerradura, esas mujeres no habían cambiado la contraseña. Volvió a cerrar la puerta del baño, pues en ese momento no sentía ganas de hacer pipí o popó, ni siquiera estaba segura de que alguna vez en la vida volviera a experimentar esa sensación.
Pasó a los demás cajones y comprobó que todos se abrían al pasar el llavero por enfrente, era una herramienta sumamente valiosa y no podía arriesgarse a perderla, tenía que ocultarla en un lugar seguro. Siguió explorando los cajones, abriéndolos uno a uno con su nueva llave maestra, buscando algunas cosas que pudieran servirle, encontró un estuche con algunas herramientas como limas y cortaúñas que tomó sin pensarlo mucho, también una batería recargable de repuesto del calentador de biberones, al principio no pensó en usarla, pero se dio cuenta que se cargaba con la misma entrada que la de su teléfono, con suerte podría usarla de batería externa. Guardó todo el botín dentro del perro, los manuales le estorbaban mucho, así que sacó uno de los cajones y echo ahí todos los librillos, no sabía qué hora era, ni siquiera sabía la duración de las siestas pues se despertaba cuando sus madres la bajaban a la cocina para comer, pero sabía que la siesta duraba aproximadamente una hora, aun había tiempo para que el teléfono se siguiera cargando un poco.
Oprimió un botón del teléfono y la pantalla se volvió a iluminar mostrando una batería negra con una línea coloreada de verde y un 8% escrito por encima, quería dejarla todo el tiempo posible, no sabía cuándo tendría nuevamente una oportunidad de cargar el teléfono, pero tampoco podía arriesgarse a estar demasiado tiempo fuera de la cuna.
Pensó en la mejor manera de ocultar su llave nueva, tenía que ser algo discreto que pudiera llevar siempre encima para cuando fuera el momento necesario, pero que no levantara sospechas, no podía guardarla simplemente en su bolsillo, porque a veces usaba solo una blusa y su pañal, otras veces mamelucos sin bolsillos, y además siempre que sus madres la cambiaran de ropa podían descubrir el objeto.
Se llevó la mano a la frente para secarse el sudor que tenía por tanta adrenalina y en el trayecto golpearon sus dedos contra el chupón que tenía en la boca. Prácticamente solo se lo quitaba para comer, ni siquiera para bañarse, por lo que sería un buen escondite, el chupón era grande y seguramente se podía desarmar y ocultar la llave dentro del botón del frente.
Se puso manos a la obra y con el pequeño kit de cortaúñas logro separar el chupón en cuatro piezas; la tetilla, la mariposa, el botón y la manija que se amarraba al lazo que siempre tenía prendido de su ropa, después ayudándose con una pequeña navaja del estuche, quitó el tornillo del llavero abriendo el contenedor en dos partes, dentro había solo una pequeña pieza plástica conectada a un anillo de cobre, para su sorpresa sería más sencillo de lo que pensaba. Colocó dentro de la mariposa, alrededor del espacio en donde va el botón, el anillo de cobre bien acomodado, que al ser redondo tuvo que deformar un poco para que se adaptara a la forma ovalada del espacio, puso la pieza plástica a la que estaba conectado el anillo en medio del espacio y con fuerza volvió a ensamblar el botón, se escuchó el satisfactorio “clic” de que todo había encajado perfectamente, le puso la manija y la sujeto al lazo que seguía prendido de su blusa. Era hora de probar su nuevo invento, acercó la base del chupete a uno de los cajones y el dulce sonido de la victoria se hizo presente.
Desconectó el cargador y el teléfono del enchufe con apenas un 13% de carga, el cual sería suficiente por el momento. Echó la tarjeta de memoria de la cámara de oso por el lavamanos, regresó a la cuna y colocó el chupete en posición para que el seguro de la baranda se liberará, la subió con mucho cuidado y se acomodó dentro de las cobijas. No había ningún rastro de la primer etapa del plan, salvo el muñeco-cámara caído, que se podía adjudicar a que se cayó por alguna corriente de aire o por sí solo.
Debajo de las cobijas encendió el teléfono, este empezó a iluminarse, una vez que estuvo completamente encendido empezó a vibrar y a sonar muchísimo, llena de pánico oprimió el botón de silencio, pero el miedo de que Lorena la hubiera escuchado se apoderó de ella y volvió a guardar el teléfono dentro del perro y meterse dentro de las cobijas.
Tal vez fue el sonido del teléfono o que ya era hora de la comida, pero en ese momento se escuchó la puerta abrirse, Carmen entró y bajo a la muchacha a la cocina para comer sin sospechar de nada de lo ocurrido en los últimos minutos.
Zaira comió con mucha prisa, le urgía volver a regresar a su cuarto para mandar el mensaje de auxilio, para no levantar sospechas, al terminar de comer fingió estar adormilada.
-¿Creo que alguien tiene sueñito verdad? – Preguntó Carmen mientras le pasaba el babero por los labios para limpiar los restos de comida que se habían quedado en su rostro.
-Pues no es hora de la siesta, si se duerme ahorita en la noche no va a querer dormir -le contestó Lorena a su esposa. -Vamos al jardín a jugar un ratito y después nos vamos a dormir temprano.
A regañadientes Zaira salió al jardín acompañada de sus madres, quienes esta vez en lugar de quedarse sentadas leyendo y fumando, se pusieron a jugar con ella; la empujaban del columpio, la recibían en la resbaladilla y se pusieron a jugar con la pelota. Todo estaba siendo muy alegre para Zaira, jamás se hubiera imaginado una escena así. La verdad es que su relación con sus madres había sido bastante difícil en los últimos años, y esta nueva vida parecía estar reparando su relación, se sentía mejor que antes, de hecho, empezaba a dudar si quería escapar. Pues sabía que eso sería independizarse para siempre y probablemente nunca volvería a su casa, pues no solamente prófuga de sus madres, si no prófuga de la ley.
Mientras corría de un lado a otro arrojando la enorme pelota de vinil empezó a sentir un raro movimiento en su abdomen, se detuvo en seco y casi involuntariamente flexionó las rodillas y sintió como una sólida masa empezaba a escapar de su cuerpo, aterrizando en el interior de su húmedo y acolchado pañal, siguió pujando pues era una sensación de alivio la que experimentaba cada vez que la masa salía de su cuerpo, sus madres detuvieron el juego y se le quedaron viendo divertidas, pues nunca la habían visto de esa manera. Parecía toda una niña pequeña haciendo popó en su pañal, en medio del jardín con las piernas flexionadas y las maños en puño, con la cara enrojecida y haciendo muecas de concentración.
Zaira salió del trance que le había provocado hacer popó de manera involuntaria sobre su pañal, seguía con la cara enrojecida, pero esta vez de vergüenza, si bien todo el tiempo que llevaba encerrada había tenido que usar su pañal para sus necesidades fisiológicas, era la primera vez que no podía controlar el hacer popó y simplemente había salido involuntariamente. Esto la hizo recapacitar y volver a sus pensamientos originales de fuga, ni todas las atenciones ni la buena relación con sus madres valían la pena a cambio de no poder ser un adulto independiente y estar confinada a los pañales de por vida.
-Vamos a cambiar ese pañalito antes de que te vuelvas a rozar como aquella vez – dijo Carmen mientras le daba unas suaves palmaditas en el trasero.
-Voy por la pañalera, no tardo – dijo Lorena mientras entraba a la casa.
Zaira seguía roja de vergüenza e impotencia y no pudo hacer otra cosa más que echarse a llorar. Carmen abrazó a su hija y trato de consolarla diciéndole que no había problema, que para eso eran los pañales y que todos los días ensuciaba su pañal de popó y que ellas se lo cambiaban con mucho amor, la trataba de hacer sentir mejor sin saber que su hija estaba llorando no por haber ensuciado su pañal, sino porque ya estaba perdiendo el control de su propio cuerpo.
Lorena bajó al jardín con la pañalera llena de todos los artículos necesarios para el cambio, extendió un tapete sobre el pasto y Carmen llevó a la chica a este, la recostaron y Lorena inicio la faena; le quitaron los mayones que estaba usando y le subieron la blusa hasta la altura del pecho. Lorena desabrochó las cintas del pañal y lo extendió sobre el tapete mientras Carmen sostenía las piernas de Zaira en el aire con el culo expuesto, con una fresca toallita húmeda comenzaron el trabajo de limpieza y después de varias pasadas las pompitas de la chica quedaron bastante limpias. La suave brisa rozaba sus piernas, su abdomen y sus genitales, se sintió muy fresca y reconfortada, ya no se sentía avergonzada por lo sucedido, como si eso fuera ya lo más normal de la vida. La mujer dejó a la chica desnuda mientras la levantaba del tapete.
-Vamos a darte un baño para después meterte a la camita ¿de acuerdo? -Dijo Carmen mientras hacía bola el pañal sucio con las toallitas usadas dentro.
Las tres mujeres entraron caminando a la casa, pese a estar caminando desnuda de la mano de sus madres, no se sentía extraña o avergonzada, esto ya era su nueva normalidad a la que se había estado acostumbrando, además, estaba muy emocionada, por fin podría usar su teléfono y ponerse en contacto con el mundo exterior, de una vez por todas sabría quienes eran sus verdaderos amigos y quienes no. También ansiaba poder contactar a Ronaldo y a su primo, quienes con suerte serian sus socios en este plan de escape, en su mente ya estaba planeando como seria el mensaje, que partes de la historia les contaría y cuales no y como les pediría la ayuda para convencerlos.
Mientras subían las escaleras, un sonido de goteo empezó a acompañarlas, las mujeres se percataron y se detuvieron en seco. La chica no entendió lo que sucedía y volteó a verlas, se dió cuenta que ellas miraban directamente a su trasero lo que hizo que bajara la mirada ella también y notara el charco que se estaba formando a su alrededor y un río de orina escurriendo por sus piernas.
-¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? -Gritó Lorena hecha una furia.
Zaira no sabía que responder, sentía la humedad recorriendo su entrepierna y la picazón que le provocaba la orina caliente al deslizarse por sus muslos y pantorrillas para terminar chocando contra el suelo y salpicar todo alrededor, pero no tenia la capacidad de detenerse, lo intentaba enserio, pero ni siquiera había experimentado las ganas de orinar, ¿cómo poder detenerse a algo que ni siquiera ella estaba haciendo voluntariamente?
-Responde ahora mismo señorita – Volvió a vociferar su madre.
-Pe-perdón, no es a popósito -Replicó la chica con lagrimas en los ojos y el chupete estorbando sus palabras.
-No vengas con tonterías, pensé que ya habíamos pasado esta etapa desde hace semanas, pero por lo visto solo has estado jugando con nosotras y no has tenido ningún cambio de actitud verdadero, tal vez esto solo es una perdida de tiempo, hablare con el sargento para que mañana mismo vengan por ti y te lleven a prisión, ya me cansé de este juego estúpido, sabía que tu no tenias remedio ni con el mas extremo de los métodos psicológicos.
Zaira se echó a llorar al suelo, cayendo sobre el charco de su propia orina, no podría sentirse más humillada, además la noticia de ser llevada a prisión era lo peor que podría pasarle en ese momento, peor que quedarse en su casa encerrada como una bebé durante toda la vida. Ella tenia muchas historias de primera mano de cómo era una cárcel para mujeres, los abusos, la violencia y las violaciones eran cosa normal de todos los días, además con sus recién perdidas facultades fisiológicas, sería peor que el infierno, estaba tan cerca de lograr su escape que sentía que sería mejor que la mataran ese mismo momento.
-Lorena, creo que estas exagerando, Abigail nos dijo que esto podría pasar, ¿recuerdas?. -Mencionó Carmen tomando el hombro de su esposa. Vamos a llevar a la niña a la bañera y nos calmamos un poco.
Carmen tomó a Zaira de las axilas y la ayudo a ponerse de pie. Caminaron por el pasillo hasta llegar a la recamara, dejando una huella de orina a cada paso que daba, entraron directamente al baño, en donde la mujer la metió a la tina y abrió la llave de agua para que se empezara a llenar. Lorena llegó tras de ellas, y dejando a la chica sola, encerrada en el baño ambas mujeres se pusieron a hablar afuera.
Zaira estaba echa un ovillo dentro de la regadera, sintiendo como el nivel del agua subía poco a poco. La picazón en las piernas era insoportable, se puso bajo el chorro de agua para enjuagarse las piernas y las nalgas, el agua tibia le proporciono alivio inmediato, pero ella se seguía sintiendo sumamente humillada.
Intentó escuchar lo que sus madres decían del otro lado de la puerta, pero solo alcanzaba a sentir las vibraciones de la puerta que se generaban con la voz de las mujeres. Se percató que seguía con el chupete en la boca y rápidamente se lo sacó para evitar que se mojara con el agua, pues, aunque antes eso no le importaba ya que solía bañarse con el chupete puesto, con el reciente dispositivo colocado en él, tenía que ser cuidadosa de que no se mojara, pues no estaba segura de que si el agua pudiera estropearlo. Lo colocó sobre la tapa del retrete que se encontraba a un lado de la tina, retrete que tenía varias semanas sin ser utilizado y que probablemente, debido a su situación actual, no volvería a ser usado jamás.
La tina estaba llegando al nivel adecuado y en ese momento se escuchó el pitido electrónico que anunciaba que la puerta estaba siendo abierta, ambas mujeres entraron, Lorena se encontraba mucho más calmada y Carmen le sonreía a su hija desde atrás de su esposa.
-Me exalté un poco hace rato, pero tienes que saber que esas cosas no se hacen, en cuanto tengas ganas de hacer pis y no tengas pañalito puesto debes avisar a mami en seguida ¿de acuerdo? – Dijo Lorena con rostro afable.
Zaira solo se le quedó viendo y asintió con la cabeza.
-Mami Carmen te dará un rico baño mientras yo preparo tu pijamita y tu biberón para dormir. – Repuso Lorena saliendo del baño.
Capítulo 12: Tocar fondo
El baño fue muy relajante, eran una de esas cosas placenteras de su nueva vida por las que a veces dudaba de efectuar el escape. Según sus cuentas ya deberían haber pasado unos tres o cuatro meses en esa situación. ¿Cuánto le costaría aguantar otros nueve meses y terminar con el castigo? Se preguntaba y meditaba con eso siempre. Por un lado, quería su libertad a la que estaba acostumbrada, libertad que le habían estado arrebatando poco a poco en esta “reformación”. Y por otro lado no podía seguir aguantando las humillaciones, perder el control de sus esfínteres y básicamente de cualquier cosa que quisiera hacer. Los golpes y las descargas eléctricas poco a poco habían quedado en el olvido, salvo por la ultima ronda de azotes, pero sabia que era algo que se merecía por haber roto las reglas, pero fue un riesgo calculado el cual estuvo dispuesta a aceptar.
Carmen frotaba el cuerpo de su hija con delicadeza, el agua espumosa despedida agradables y relajantes aromas, dócilmente Zaira dejaba que su madre pasara la esponja por sus piernas y sus partes íntimas, también por sus nalgas y por su ano, esto ya no le molestaba como los primeros días. En ese momento un brote de lucides la hizo retirarse un poco de las manos de su madre de manera abrupta.
-¿Pasa algo bebé? ¿Te lastimé? -preguntó Carmen retirando la esponja del cuerpo de su hija.
Zaira se dio cuenta de que ya no estaba fingiendo, había estado siendo manipulada y reprogramada con todo este circo de la bebé, primero sus horarios de sueño y comida ya estaban tan arraigados que no podía resistirse a las siestas y le daba hambre siempre a la misma hora, había perdido completamente su pudor de adulta, ya no le importaba que sus madres, no solamente la vieran desnuda, sino que además la bañara y le cambiaran los pañales con total facilidad, perdiendo incluso su libido y deseo sexual. Ella siempre había disfrutado de su sexualidad, no solamente teniendo sexo con chicos y chicas que le parecieran atractivos, si no que dándose placer ella misma, algo que hacia casi todos los días y le encantaba. Desde hace semanas que ya no tenia esa necesidad y esos deseos de disfrutar su cuerpo. Poco a poco estaba siendo reducida a una bebé. Incluso su pensamiento de hace unos momentos de creer que había merecido los azotes por entrar a la oficina de Lorena y aceptarlo como una normalidad de la vida, Ya no estaba segura de su capacidad actual de articular palabras, pues casi no decía nada durante las últimas semanas, más que palabras cortas y monosílabos y eso, mal pronunciados debido al chupete que siempre traía en la boca del cual empezaba a sentir ansiedad en cuanto se separaba mucho rato de el. Estaba harta, no podía resistirlo más, tenia que recuperar su libertad y recuperarse ella misma. Pronoto no podría disfrutar de verdadera comida o verdaderos programas de televisión, de poder tener sexo con quien quisiera o disfrutar de la libertad de ser adulto. La prisión no era ya solo un espacio físico, se estaba volviendo prisionera de su propia mente, y sabia que una vez encerrada ahí, ya no podría escapar.
-Seguro andas un poco rozadita, ahorita en el cambio de pañal mami te colocará pomadita en tu colita para que te sientas mejor.
La vergüenza de estar desnuda frente a sus madres había regresado, Zaira estaba roja como tomate, pero tenia que seguir firme en el estoico plan de resistencia y manipulación. Salió envuelta en una toalla infantil como de costumbre pero en lugar de ser llevada directamente al cambiador como lo marcaba la rutina, Lorena la esperaba sentada en el sillón, con un cepillo de madera en una mano y el control remoto del brazalete en la otra.
Carmen la llevó hasta su madre y la colocó en la posición correspondiente, pecho sobre la pierna derecha, abdomen sobre la pierna izquierda y culo en el aire. Ahora si no había escapatoria, pues el brazalete de choques eléctricos estaba preparado, hace mucho que no sentía ese dolor y no quería volver a sentirlo. Estaba muy tensa, pero sabía que debía seguir aguantando y evitar que su mente la convenciera de que eso estaba bien, de que se lo había ganado por orinarse en el pasillo, pese ella sabía que no había sido a propósito y que si de alguien había sido la culpa era de sus madres por no haberle colocado el pañal en primer lugar cuando ella claramente ya no era capaz de vivir si ellos.
-Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… – Se escuchó mientras la parte posterior del cepillo de madera aterrizaba alternadamente sobre cada uno de los glúteos de la chica, cambiando paulatinamente su color de carne a rojo tomate en cada impacto.
– Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!…
-Esto es por no avisar que tenias ganas de hacer pipí.
– Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!…
-Esto es por hacerte pipí en el pasillo.
– Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!… Zas!…
-Y esto por embarrar todo el suelo sentándote en el charco de meados.
El trasero le ardía como nunca le había ardido ninguna parte de su cuerpo, ni siquiera aquella vez cuando se había caído de la motocicleta de uno de los chicos y se había raspado todos los brazos y el pecho. En este momento añoraba esa sensación, la cual en su momento había sido el peor ardor de toda su vida.
La piel húmeda y caliente recién salida de la bañera y la superficie pesada y de madera habían sido la peor combinación. El enrojecimiento de la piel había llegado a tal punto que incluso se podía ver un poco de sangre capilar brotando de los poros de la piel de sus nalgas.
Cada golpe pasaba con la abrumadora lentitud de un caracol subiendo a un árbol, y deseaba con ansias que la tortura terminara.
De pronto no hubo más nalgadas, y sintió como ahora el cepillo, pasaba de ser una herramienta de tortura, a el instrumento para lo que fue diseñado, y acariciaba su húmedo cabello con sus suaves cerdas naturales. Lentamente Lorena cepillaba con mucho amor el cabello castaño de su hija.
Sin decir ni una sola palabra y manteniéndola con el culo al aire, Lorena se tomó su tiempo para cepillar todo el cabello de su hija con mucho amor. La mente de Zaira estaba tan perturbada que lo único que podía sentir eran nauseas y asco de si misma y de la situación que estaba viviendo. El llanto no terminaba, pensaba que se detendría únicamente cuando estuviera tan deshidratada que las glándulas lagrimales dejaran de producir lágrimas.
En el cambiador recibió su respectivo cambio de pañal, esta vez con el pañal más esponjoso y grande que hubiera visto, parecía que eran dos pañales combinados, sufrió mucho el ser manipulada de sus genitales, aunque la crema era aplicada con mucho cuidado y cariño, seguía sintiéndose agredida y vulnerada, las nalgas le seguían ardiendo, como si estuviera sentada en carbones encendidos. La pomada para rozaduras alivio un poco y el tacto suave y muy acolchado del pañal también ayudaron a disminuir el dolor, pero no lo aliviaban por completo.
Regreso al sillón de la tortura, ahora en manos de Carmen, quien la sujetaba en su pecho mientras la tetilla del biberón entraba a su boca, entregando el líquido y tibio alimento que tanto la relajaba, esta vez era nauseabundo, sin embargo, con toda la fortaleza que le quedaba, tragó uno a uno cada sorbo hasta dejar vacía la botella. Sin ponerle más ropa que el abultado y blanco pañal, fue depositada en la cuna en donde la programación que había estado experimentando durante los últimos meses, y el estrés al que había sido sometida en los recientes treinta minutos, hicieron que cayera completamente rendida en los brazos de Morfeo aún con lágrimas en los ojos.
-Bzz.. Bzz…
-Bzz.. Bzz…
-Bzz.. Bzz… – Un par de vibraciones a intervalos irregulares manaba de la panza del perro de peluche que yacía entre el colchón y los barrotes.
-Bzz.. Bzz
-Bzz.. Bzz
Zaira se despertó con lentitud, no recordaba haberse quedado dormida, al enderezarse boca arriba sintió el ardor en el trasero que le recordaron los sucesos de la noche anterior, lo cual hizo que volviera a la posición de lado que tenía cuando dormía y llevara sus rodillas hasta su pecho.
-Bzz.. Bzz
-Bzz.. Bzz
Los zumbidos no se detenían, Zaira tardó un par de segundos en entender lo que sucedía, en cuanto cayó en cuenta en que se trataba del teléfono que recientemente había recuperado, buscó como loca el perro de peluche dentro de la cuna, al encontrarlo lo abrió rápidamente, como sintiéndose espiada, volteo la cabeza a donde se encontraba el oso de peluche, el cual seguía boca abajo, tal cual ella lo había dejado la ultima vez, eso solo significaba que sus madres no revisaban ya las cámaras de vigilancia, pues si lo hicieran hubieran notado que el muñeco ya no podía ver nada.
A punto de sacar el teléfono del perro, Zaira pensó que tal vez podía haber más cámaras que ella no había encontrado, y que por esa razón sus madres no se habían tomado la molestia de levantar a oso soplón, pues la podían seguir vigilando aun sin su ayuda.
Se ocultó debajo de las cobijas y con cuidado sacó el teléfono. Oprimió el botón de desbloqueo y la pantalla se encendió cegándola por unos instantes. Rápidamente bajo al mínimo el brillo de la pantalla. Por primera vez veía la fecha, y se sorprendió del poco tiempo que había pasado realmente, ella había calculado por lo menos tres o cuatro meses desde que la encerraron y le pusieron las tobilleras, pero en realidad habían pasado apenas dos meses exactos, miro la hora, la una de la mañana, no era tan tarde, pero como ella normalmente se dormía a las nueve de la noche, y ese día se había acostado aún más temprano, había pasado algo de tiempo desde que se durmió.
No era tan tarde, así que sus madres podían seguir despiertas, tenía que ser precavida, se aseguró de que el teléfono estuviera completamente en silencio, incluso le desactivo la vibración poniéndolo en modo de ahorro de energía, con eso no solo garantizaba que no hubiera sonidos o vibraciones, si no que le durara un poco más la pila y ahora si empezó a consultar sus notificaciones.
Tenia algunas llamadas perdidas y mensajes de algunos de sus contactos. Se sintió bastante ofendida pues en realidad esperaba tener muchas más llamadas perdidas y mensajes de por lo menos unas veinte personas diferentes.
Las llamadas y mensajes habían sido enviados durante los primeros días de su reclusión, con el paso de los días, sus conocidos se habían dado por vencidos al intentar contactarla, pues el teléfono se encontraba apagado y los mensajes ya no eran recibidos, todos los mensajes y llamadas habían sido enviados como ultima fecha hace más de un mes, a excepción de uno de los remitentes; Ronaldo, que su último mensaje había sido hace un par de minutos, justo la alerta vibratoria que la había despertado, y aparecía “en línea” dentro de la aplicación de mensajería.
“Hola Zaira, noté que esta tarde los últimos mensajes que te envié hace un mes se marcaron como entregados, veo que ya te devolvieron tu teléfono, me alegra mucho, pensé que no te lo regresarían hasta dentro de un año que se acaba el arresto, pero veo que tus madres se ablandaron un poco, aunque conociéndote seguro te las ingeniaste para recuperarlo, en cuanto tengas tiempo respóndeme para saber cómo va todo”
Zaira derramo un par de lagrimas al leer el mensaje, si bien nunca había sido especialmente unida a Ronaldo, este siempre había sido muy amable y atento con todos, Zaira esperaba que quienes mas estuvieran al pendiente fueran su novio o alguno de los amoríos repentinos con los que solía tener relaciones sexuales, pero la mayoría de ellos nunca le mandó mensaje o lo hicieron solo una vez.
“Hola Ron, me alegra mucho leer tu mensaje y saber que estas al pendiente de mí. Estas ultimas semanas han sido tormentosas, no quiero darte más detalles, pero necesito salir de aquí ya, no aguanto más este infierno en el que estoy viviendo, por el momento no puedo decirte más, pero necesito tu ayuda para salir de aquí”
Zaira esperó pacientemente a que su mensaje fuera respondido, miraba continuamente el porcentaje de la carga de la batería que en ese momento se encontraba en 11%, después de no más de cuatro minutos recibió respuesta.
“Me entristece mucho escuchar eso, pero dime, ¿no hablas de ir a prisión verdad?, sabes que si te escapas serias prófuga de la justicia y te aumentarían los años de sentencia y ahora si no tendrías chance de pasar el encierro en tu casa verdad?”
“Lo sé, estoy dispuesta a todo, no hablo de regresar a prisión, hablo de ser libre, así como tu primo Raúl lo hizo cuando estuvo en una situación similar a la mía, ¿crees que esto sea posible?”
“El caso de Raúl fue particular, pues a su padre le daba igual lo que hiciera y siempre le mentía a la policía por él, por eso pudo pasar su tiempo de arresto domiciliario engañando a los puercos, pero en tu caso, en cuanto escapes tus madres darán alerta a la policía y vivirás en constante persecución”
“No lo había pensado de ese modo, pero aun así creo que prefiero eso a ir a la prisión o seguir en esta tortura”
Ronaldo era un caballero, y no preguntó de más, si Zaira no le quería contar exactamente que era lo que estaba sucediendo, él la respetaba. Tanto a él como a su primo les encantaba burlarse de la policía, entre los dos seguían cometiendo crímenes y estafas a empresas y personas, habían llegado a hackear y robar datos de varias empresas grandes, incluso del gobierno, datos que vendían en el mercado negro al mejor postor, llevaban una vida medianamente austera para no llamar la atención, pero dinero es algo que no les faltaba.
La conversación no duró mucho más, pues Ronaldo le advirtió que había posibilidad de que la policía tuviera intervenida su red de internet, ya que era algo que se solía hacer para las personas que tenían arresto domiciliario, aunque no estaba seguro si aplicaba para todos, o solo lo que habían sido acusados de delitos cibernéticos, aun así, le dijo que no se preocupara. Que tratara de aguantar lo más que pudiera y en cuarenta y ocho horas él volvería a contactarla, que mantuviera apagado el teléfono y él se encargaría de todo.
Los siguiente dos días pasaron con normalidad, o por lo menos con lo que dictaba la nueva normalidad. Las mujeres seguían tratando de la misma manera amorosa y cariñosa a su hija y ella seguía siendo dócil a lo que se supone que tenia que hacer aunque esto le costaba cada vez más. Seguía sintiéndose muy mal de no poder tener control sobre su cuerpo y ya no darse cuenta de la pipí y la popó. Estaba abrumada pensando en que su vida afuera dependería de los pañales y de que tendría que contarle todo a Ronaldo en algún momento.
Epílogo
Pasando los dos días, a la hora de dormir, volvió a sacar el teléfono del perro. Al encender el teléfono vio un par de mensajes de Ronaldo con algunas instrucciones sencillas, la primera; entrar a un enlace que le había mandado a su teléfono y la segunda, que se preparar, pues esa misma noche se efectuaría el golpe.
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